Un traqueteo: las ruedas han tomado contacto con el suelo y ahora, también, tiemblan en mi vientre los testigos de la falta de sesiones de gimnasio.
El movimiento se va deteniendo y una luz que alumbra un cinturón desabrochado hace que abra las manos. Giro la cabeza a mi derecha y hago un rápido reconocimiento del estado de mi acompañante. Me sumerjo en su mirada y esbozo una ligera sonrisa que esconde lo que por dentro se cuece.
Ya en tierra, como si hubiéramos llegado a otro planeta, intento percibir un cambio en la gravedad centrándome en la sensación de mis pisadas; al mismo tiempo, mis ojos se prestan atentos y mi olfato intenta percibir algo nuevo. En breve me doy cuenta de lo gracioso de mi situación. No hay, en esos aspectos, ningún cambio en Budapest; las leyes de la física siguen siendo las mismas e incluso nos espera una oleada de calor que se ha saltado directamente el control policial.
Los tripulantes nos aglomeramos, olvidando los gestos de educación, alrededor de la cinta transportadora. Se van escupiendo maletas poco a poco y, cuando un feliz turista pesca su equipaje, desaparece del panorama de excursionistas desamparados. El proceso continúa, maleta tras maleta -incluida la de ella-, hasta quedar la cinta de caucho aliviada de su peso y mi hombro portando tan sólo la mochila de mano. Corremos a la sección de reclamaciones donde nos espera una húngara de rostro severo. Enseguida, me doy cuenta de que si no desempolvo mi inglés mi ropa quedará, por siempre, vagando en el limbo. Tras varias frases mal pronunciadas, termino con un formulario relleno y un número de teléfono con el que contactar con una sección de escasa cordialidad.
Me refugiaré en la imaginación para evitar pensar en la torpeza de disponer, tan sólo, de la cámara y un libro en mi mochila.
En la recepción, el calor aún duerme, es aún demasiado temprano; nuestra guía y el correspondiente autobús no gozan de la misma serenidad y han zarpado sin dos de sus grumetes. El siguiente grupo se apiadará y nos adoptará como a niños sin cobijo, costándonos una hora y media de espera donde se sucede la primera toma de contacto con el café, delatando que la leche bien se podría vender en botellas de agua mineral. Los sueños se quejan de no haber tenido actuación esta noche en el vuelo nocturno; reivindican sus derechos pero no tienen éxito.
El autobús de rescate llega y con él el calor nos da los buenos días. La guía nativa hace que me acuerde de mi maleta y de la última afrenta por ella. Su tono de voz y la información que proporciona forman una descabellada nana: invita al sueño pero te lo niega. Se presta rauda a repartir unos folletos con toda suerte de marketing para picar en las rutas y actividades guiadas que se ofrecen sin que te fijes en el precio.
Apoyo mi cabeza en el hombro de mi compañera de fatigas y suspiro encontrando alivio. Me doy cuenta de que esta sensación nunca la podrán incluir en el folleto, es mas, no tiene precio, así que no les interesa.
Tapamos nuestros oídos con los auriculares que tomamos del avión y los enchufamos al canal de radio del autobús. Subimos el volumen para no caer en el influjo del canto de sirena mientras que vemos cómo el resto de tripulantes vacían sus billeteras.
Al llegar al hotel, bajamos del autobús en fila india; en uno de los asientos yace, olvidado, un mapa de la ciudad.
En la habitación, nos tomamos el descanso que tanto necesitamos y los sueños salen al escenario para verter una impaciencia que hacía tiempo que no experimentaban. Al finalizar, no me quedan recuerdos de la función pues tenía derecho de autor, pero sí sé que me dejó una reparadora sensación; es, por tanto, momento de armarnos con el plano de la ciudad.
Desgastando zapatillas llegamos al primer destino: la plaza de los Héroes –gigantesca, con abrazo de herradura-. En el centro, 7 jinetes - uno por cada una de las tribus magiares que conquistaron el territorio húngaro-, miran al infinito envueltos en metálicas pieles, ajenos al sol lacerante. Se alza entre ellos un obelisco con un arcángel que levanta una corona y una doble cruz; ¿una doble cruz? Recorremos las estatuas que bordean la plaza, procurando que nos cuenten algo. Las inscripciones y placas inferiores ayudan. Aquélla en la que pone San Esteban registra la escena de sucoronación oficiada por el Papa; eso es, el sacro imperio; el rey vela por la seguridad de la iglesia, la iglesia corona al rey, igualdad de poderes: la doble cruz.
Cruzamos la plaza y nos dirigimos a Városliget, un vasto parque con cierto halo de misterio. El castillo de la entrada exhala un sortilegio que hace que los incautos se adentren en sus dominios olvidando las personas que allí desaparecieron. Junto a las figuras más tétricas y lóbregas de la edificación nos hacemos presas del objetivo de nuestra cámara digital. Revisamos el resultado cerciorándonos de que no quede borroso ninguno de nuestros rostros. En la esquina de una foto, aparece con disimulo la mano de una de las estatuas con gesto de invitación. Nos hemos ganado la confianza del lugar; podremos llegar al otro extremo del recinto de una pieza.
En nuestro andar encontramos la estatua de Anonymus: clérigo escribano de la corte del rey Béla III. Dice la tradición literaria del país que quien toque su pluma encontrará la inspiración en sus escritos; no quiero perder el tiempo, alzo mi mano y busco que quede enredada entre el pelo de la Calíope que camina junto a mí.
Al final del camino se encuentra el preciado tesoro, el que calma los pies fatigados, las espaldas cargadas y las mentes embotadas: un balneario abierto a la luz del día, con figuras clásicas que lo ambientan en épocas anteriores. El andar ha sido largo y la ocasión no puede ser desmerecida; hago uso, a falta de lo que con deliberación doté a mi maleta, de un pantalón corto recién adquirido.
Dejamos un poco del calor que se acumulaba en nuestra piel y partimos, bajo tierra, dentro de un topo eléctrico al que hemos ofrecido de golosina unas pocas monedas, rumbo a elPuente de las cadenas. La estructura del puente me recuerda al de Londres y, tal y como está indicado en nuestro plano, una nueva leyenda recae en esta construcción: los leones que guardan las dos entradas carecen de lengua, así lo descubrió un niño en la inauguración del mismo, allá por el siglo XIX, y lo proclamó a los cuatro vientos; el arquitecto, hombre sometido a su alta exigencia, no pudo soportar tal fallo y terminó con su existencia arrojándose a las entrañas del Danubio.
Miramos a los leones más de cerca y, con un poco de esfuerzo, hallamos sus lenguas. Bajamos la mirada al imponente Danubio, cuya superficie es ondeada por el viento; brilla y habla en nuestras cabezas: “la leyenda habéis desmitificado y merecedores sois de un poco de historia. El transcurrir de nuestras aguas a lo largo del tiempo ha presenciado toda suerte de acontecimientos y cada uno de sus detalles ha sido depositado en las orillas. Escuchad, pues, una muestra de nuestra memoria:”
Nos apoyamos, uno junto a otro, en las barandillas del puente para atender con curiosidad. El viento, portador de palabras, golpea nuestros rostros. Por un instante, levanto la mirada y la desvió a un lado, quedando, hasta donde llega mi visión, un palacio como brotado de la imaginación de una princesa. Tras este fugaz momento, vuelvo a atender al Danubio.
“La ciudad, como podéis apreciar, queda sesgada por nuestro trayecto en dos: Buda y Pest.
A la ciudad de Buda, en lo alto de la colina y a finales del s.XIII, el rey Béla IV decidió trasladar la corte real y crear una fortificación. Allá,junto a la iglesia que con seguridad visitaréis, se encuentra El bastión de los pescadores -con siete torreones evocando las siete tribus magiares- denominado así en honor al gremio de pescadores a los que se confiaba la seguridad de esa parte de la fortaleza, situándose en el mismo lugar donde se encontraba la lonja.
Pest miraba nostálgica la riqueza histórica de Buda: su desarrollo, sus asedios, su recuperación. Los reyes y los invasores tenían puesto el punto de mira en Buda, una zona más estratégica y mucho más atractiva. Pest lloraba al sentirse apartada y poco observada; vertía sus lágrimas que se unían a nuestras aguas volviéndolas traicioneras, causando accidentes a quienes pretendían abandonar la ciudad. ¡Ay Pest, esa amante dolida!
Para aliviar a la ciudad olvidada y terminar con la maldición de las muertes en el río, se construyó el puente de las cadenas que unió como siameses a ambas ciudades: Budapest.”
Nos despedimos del río del conocimiento, agradeciendo el buen rato quenos ha hecho pasar y ponemos rumbo al recinto amurallado.
Las hadas del bosque quieren divertirse a nuestra costa. Nublan nuestra vista cuando inspeccionamos el mapa haciéndonos creer que podemos elegir un camino más corto. Fuera del alcance de su hechizo nos damos cuenta de que hemos errado en nuestro rumbo; las consecuencias son que un poco de tiempo se escapa y el camino se alarga, por lo que nos veremos obligados a tomar aliento a mitad de las escarpadas escaleras que conducen a lo más alto del montículo, quedando ya lejos el efecto reparador de las aguas del balneario. Al llegar a nuestro destino, una figura de Atenea, a la que los transeúntes no prestan atención, se refugía en una esquina. Tocamos la escultura, dando nuestra particular veneración, para que nos mantenga alejados de los juegos de las moradoras del bosque.
Nos adentramos a la plaza. Allí donde se concentra más bullicio y flashes de cámaras, se levanta con elegancia la iglesía de San Matías y una estatua ecuestre en sus cercanías que rivaliza por ser el centro de atención. Es, de nuevo, San Esteban que sostiene la doble cruz; detrás de la misma aparece, como un guiño, un pequeño fulgor. Entendemos que hemos de encontrar algo relacionado con ese símbolo para, de nuevo, ser premiados; así que nos dirigimos al mirador que forma la fortificación como si Atenea nos lo hubiera susurrado.
Un laberinto de tejados se presenta a nuestros ojos, un Danubio resplandeciente que no cesa en su andadura y dos edificios colosales: el Parlamento y la Basílica de San Esteban. Lanzamos mentalmente una cuerda entre los puntos más altos de ambos colosos, atamos los extremos y en el centro dejamos una rueda imaginaria; no hay movimiento, el objeto no se decanta por un sentido u otro. Los dos edificios, por tanto, quieren simbolizar la misma importancia: de nuevo, la doble cruz.
Un repentino viento se levanta interrumpiendo el efecto hipnótico del paisaje. Un papel vuela bajo revolviéndose dentro del aire que lo menea hasta llegar a parar a mi tobillo izquierdo. Lo recojo, lo observamos: es parte de un folleto, tirado o extravíado, de la iglesia de San Matías. Una tácita satisfacciónrecorre nuestros cuerpos. Leemos su contenido: “...el interior de la iglesia sorprende al visitante al presentarle un resplandeciente estilo bizantino, ya que en tiempos de ocupación turca, fue utilizado como mezquita...”. Con esta idea preconcebida decidimos sumergirnos en el interior de la iglesia, no sin antes confundir a los guardianes de la entrada, haciendo pasar un carnet de profesor por uno de estudiante tal como las juguetonas hadas harían con sus encantamientos. Pese a saber más o menos lo que nos esperaba dentro, quedamos deslumbrados.
La visita ha merecido la pena pero ha consumido gran parte de nuestras energías y aún queremos inspeccionar los alrededores del Parlamento; tendremos que hacer uso, por tanto, del teleférico que llega hasta la falda de la colina. Tomamos dos monedas cada uno que colocamos en nuestros ojos; el maquinista, barquero de vela eléctrica, acepta el trato y hace chirriar la palanca que inicia el movimiento.
Cruzamos, de nuevo, el puente de las cadenas y tomamos rumbo a la plaza del Parlamento; destino de difícil pérdida pues en el caminar lo encontramos continuamente alzándose por encima del resto de edificios. Nos llama la atención un pequeño puente en una de las calles, donde una escultura de una figura con gabardina, gafas y sombrero se apoya en la barandilla y mira al infinito. Pendiendo del pasamanos hay multitud de lazos con los colores de la bandera húngara y, a la altura de la figura, rosas y claveles. Queremos rendir un pequeño homenaje, mas carecemos de lazos y flores... miro la cabellera de “Calíope” que adivina mis intenciones y me ofrece un pelo de su cabeza; lo atamos junto a la mano del singular personaje dejando un doble símbolo: lazo y rosa, tras lo cual, partimos.
Ya en la plaza, un grupo de personas rodean a un orador que habla sobre el lugar. Se encuentra junto a un monumento con forma de gigantesca lápida, negro y de apariencia marmórea; con un cuenco encendido en lo más alto. Una fecha, grabada con letras metálicas, aparece en uno de sus laterales: 1956. Nos acercamos con curiosidad y con cierto aire de despiste, como si no compartiéramos el mismo idioma. El orador continúa su historia: “...y es en esta plaza donde se congregaron miles de personas para protestar, de forma pacífica, contra el gobierno comunista en 1956. De forma inesperada, procediendo de lo más alto, se sucedieron sonidos de disparos y balas sibilantes que surcaban el aire. La confusión y el terror enseguida se encendieron. Los cuerpos que perdían la vida y besaban el suelo pronto se contaron por cientos; en memoria de estos héroes sin armas, se levantó este monumento donde la llama de su cuenco no conoce el sueño. Si buscan en las cercanías de la plaza, encontrarán la estatua de Imre Nagy, único dirigente comunista al que se le rinde homenaje mediante lazos y flores, por pertenecer a la corriente reformista que abogaba por una Hungría libre y democrática. Sus ideas no fueron compartidas y por el delito de sacarlas a la luz, fue fusilado”. Recordamos nuestro último encuentro y nos regocijamos en la casualidad.
Recorriendo con la mirada la plaza, intentamos reproducir la historia en nuestra cabeza; en uno de sus extremos, divisamos una bandera que ondea el viento. La bandera parece tener una sugerente danza y, en un determinado momento, su movimiento se ralentiza para mostrarnos un gran agujero translúcido en pleno centro.
Una anciana encapuchada se halla sentada junto al asta, pidiendo limosna con una baraja de cartas en la mano. Nos acercamos y dejamos unas monedas en un cajetín; tras el sonido metálico del dinero y sin levantar la mirada, la anciana pregunta: “¿Pasado o presente?”. Optamos por pasado. Baraja las cartas, selecciona una y la muestra: la figura es una bandera húngara en cuyo centro se encuentra una hoz y un martillo.
No tenemos más caminos trazados en el plano y el sol se oculta para nosotros por última vez en la ciudad de Budapest; es en esta noche cuando aparece mi equipaje. Nos hacemos la pregunta de si su pérdida se habrá debido a una suerte de motivos o a unas fatales casualidades.