En su día, me llamó la atención El cementerio de los placeres de Lisboa. Qué nombre para un cementerio. ¿Placeres?, pensé. No, no pico. Vengo sólo de visita, quedaos vuestros placeres de nichos y lápidas. Otra vez vi, en un cementerio cordobés, a un sujeto (y tan sujeto: criaba malvas desde hacía años), que se había colocado un escudito del Madrid en el mármol, junto a su fecha de nacimiento y de defunción. Bueno, al menos ya no tiene que ver lo mal que juega su equipo al fútbol, lo aburridísimo e italiano que se ha vuelto, perdón por la redundancia.
Pero lo que he visto en el cementerio de Montparnasse de París supera al engañoso nombre del cementerio lisboeta y supera al madridista cordobés. De lejos. Y no lo digo por la ternura de comprobar que Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir compartan tumba, arrejuntaditos, tortolitos ellos sobrellevando la náusea de la no existencia. Pensar que sobrellevaron la de la existencia ya me parece suficiente. Pero no, no lo digo por eso, ni porque aquellas lápidas parezcan la estantería de un Todo a cien, con centenares de papelillos, dedicatorias, flores y demás; ¡hasta una pluma estilográfica, que decidí llevarme ―Sartre ya no va a escribir más, pero yo tengo que seguir haciendo los artículos de La Revelación―! La pluma no iba, de modo que la dejé allí.
Tampoco digo que el de Montparnasse sea el cementerio más literario e impactante que he visto porque albergue la tumba de Baudelaire y su cenotafio, más hermoso lo segundo. También mucha flor, mucho poema de románticos de toda talla, y, por cierto, un mechero cojonudo que de nuevo tuve que dejar allí porque no iba. La tarde de antes había caído una tromba de agua, así son los cielos parisinos, y por su culpa me quedé sin pluma y sin mechero, y eso sí que habría resultado el clímax del romanticismo.
Tampoco me refiero a la emocionante parquedad de la tumba de Julio Cortázar, que se gastó toda la fortuna en tabaco y no dejó nada para ornamento póstumo. Blanca, como un folio que se dispusiera a escribir cuando, en el 84, le pasó lo de morirse. Mármol blanco, humo de Ducados, abismo de niebla de Rayuela flotando en París.
Está también Ionesco, sigue esperando a Godot, impasible, serio, como cuando se sentaba en las terrazas sin hablar con nadie. Está Durkheim, un muerto hablando de suicidios, qué centro en la diana. Está Beckett, recitando eso de “Poesiat eret tut”. Está Pierre Larousse, descargándose un diccionario para el portátil, flipando con las nuevas acepciones (en concreto, flipando con el término “flipar”). Y están Tristan Tzara, Guy de Maupassant, César Vallejo... No sé, hay muchos del equipo titular. Tranquilos, les dije, pronto me quedaré tan horizontal como vosotros, dejadme que permanezca de pie un tiempo más.
Pero, en fin, no dejan de ser gentes, alabados unos, denostados otros, gastados por el runrún de los años otros. Cualquier cementerio puede albergar celebridades ―Pessoa en los Jerónimos de Lisboa, Baroja en el cementerio civil de Madrid, Bukowski fanfarroneando desde el suelo de San Diego, invitándonos aún a pelear desde su epitafio…―. Pero ningún cementerio, ninguno, os lo garantizo, tiene a Ricardo.
Ricardo, menuda pieza tuvo que ser. No tengo la menor idea de su oficio, sus vivencias o la fecha en la que se dio de baja en el hospital del vivir. Lo único que sé es que echo a andar, varios metros más allá de la tumba de un cineasta francés que se había currado mucho lo suyo, con fotogramas en blanco y negro junto a sus datos vitales, y de pronto, entre piedras grises, entre frases pomposas y medallas al mérito (mucha medalla allí, por cierto), me encuentro un gato de metro y medio de alto, hecho con cerámicas multicolor; un gato sentado, mirando al frente, con su rabo recogido atrás, descansando en el suelo, un gato dignísimo que mira de frente, de tú a tú, a la vida desde la muerte, o a la muerte desde la vida, o como sea, y debajo, un letrero: “RICARDO”. Primero, los ojos como platos, ojos multicolores, como la cerámica de Ricardo. Segundo, el ataque de risa mezclado con el de tos ―os recuerdo que fumo constantemente, excepto cuando duermo, por ahora―. Y por último, un aplauso que le doy al tío, o a la tía, o a la gata, qué sé yo quién era Ricardo. ¿Será posible, un tipo tan cojonudo? Mi aplauso suena en la mañana parisina, silenciosa, ligera, como el aleteo de un pájaro musculado, y quizá el gato “ricardense” está a punto de abalanzarse sobre él.
No sé quién fue Ricardo, no sé si descansa o no en paz; repito que, según mi opinión (y según todos los datos que la humanidad ha podido contrastar hasta el día de hoy), Ricardo se ha descompuesto en átomos que han regresado a lo que hacen los átomos, maldita sea, a sus cosas. No sé si Ricardo descansa en paz, proclamo, pero por todo el Olimpo, por todas las piedras de Egipto, ojalá viviera en paz. Qué tío. Qué gata, qué más da.