Creta vio pasar por sus costas a isleños artífices de bellas puntas de obsidiana y estilizadas figuras de pulida piedra, a piratas atraídos por su rico comercio, y a Europa a lomos del toro blanco, costas a partir de entonces guardadas por Talos el broncíneo. Dueña de una poderosa talasocracia, enseñó a los aqueos las finas aristas del arte, los suaves devaneos de la estética. Observó finalmente -con respeto- como los micénicos iban aumentando su poder una vez asimiladas las enseñanzas. Aterrorizada contempló una terrible convulsión, el oscurecimiento del cielo, la insalubridad del aire, la inestabilidad de La Madre Tierra. Ya no llegaban navíos de Thera, y desde la Hélade se multiplicaron, esta vez para quedarse. Pero también los vio caer, atónita contempló como el Mediterráneo cambiaba su faz. Los dorios, portadores del hierro, acudieron a sus costas. Apenada fue consciente de que ya no recuperaría su
esplendor, sus distintas ciudades parecían eternamente en lucha, no pensando en otra cosa. Le llegaban noticias del despertar griego, pero ella estaba aletargada, anclada en su pasado. Mas llegaron los macedonios, y vislumbró una pequeña puerta al futuro. Pequeña, pues en seguida regresaron los piratas, esta vez curtidos navegantes sicilianos. Ahora a sus costas acudían bajeles cargados de riquezas, su tierra sirvió de cobijo de tesoros y de fugitivos. Fue su último aleteo de libertad. Creta saludó a Cecilio Metelo, y se inclinó ante Roma. Ya era Roma. Como fue más tarde Bizancio. Hasta que unos andaluces intrépidos, musulmanes para más señas, llegaron para dar guerra al Basileus de turno. Más de cien años permanecieron allí. Otra vez Bizantina, comprobó cuán fáciles son las transacciones comerciales, ella que en ese campo creía haberlo visto todo. Y es que llegaron los latinos, y su tierra fue vendida a Venecia. La maquinaria otomana la secuestró después, y volvió a sumirse en un largo y profundo sueño, jalonado mucho después con amagos de revueltas. Una y otra vez se levantó contra el turco, para después volver a caer. Desde su lecho, poco a poco, fue adquiriendo fuerza. Le venían como en sueños los sueños de independencia griega. Aguantar a un príncipe griego bajo la soberanía otomana ya fue demasiado para ella, aun habiendo visto en el pasado cosas más extrañas. Al fin lo lograron, Eleftherios Venizelos no les dio la independencia, no la buscaban, pero se unieron a la patria que consideraban suya. Luego vinieron las telas hinchadas nazis, alemanes caídos del cielo que se sumaban a los inoperantes italianos, para ser expulsados tres años después.
Hasta hoy en día, en el que alemanes e italianos han vuelto a invadir la isla. Pero ahora Creta no los ve con malos ojos, no, muy al contrario. Los deja ir a su antojo por la isla, les ofrece sus encantos. Ahora Creta se vende, no la venden.
Esta isla es casi tan prisionera de su historia como de su azul. La primera prisión atrae a mediterráneos ávidos de conocer su pasado, la segunda a nórdicos que huyen de las inclemencias del tiempo, color éste que la envuelve por el mar y que desde arriba guarda su tierra, con ese cielo huérfano de nubes.
Pasear actualmente por Heraklion –aquella Candia de los ilustres musulmanes andaluces- es emborracharte de mar, de puerto. De callejas estrechas que invariablemente te conducirán o al mar o a una taberna. Es andar por aquellos restos venecianos, piedras que robaron su espacio al mar y que sostuvieron aleaciones mortales de metal. En la alevosía de la noche se pasea con una mayor tranquilidad, y haces de los desvergonzados cretenses tus amigos sólo con chapurrearles una frase en griego. Si ven tus monedas ya no se les quitará la sonrisa de la boca. Una vez que estás dentro de una de sus tabernas, y siempre que no haya extranjeros que lo estropeen, te sentirás como en casa. Sentirás ese murmullo de parroquianos de fondo y pensarás que son igual que los de España, el tono y la fonética es tan similar que creerás que si te acercaras a una de las mesas los entenderías.
Visitar los palacios cretenses es inevitable, admirar el de Malia, hacia el este de Heraklion, tras una visita en un destartalado autobús, o el más lejano de Festos... Y comprobar en primera mano la reconstrucción hollywoodiense de Cnossos. Tampoco se debe de dejar pasar la oportunidad de deleitar a los sentidos con las finísimas piezas minoicas que el museo arqueológico de Heraklion posee.
La visita a Creta es, pues, fabulosa, como lo es tener la oportunidad de leer al Nobel Odiseas Elitis, como lo es escuchar a Nana Mouskouri, como lo es este epitafio, cuyo dueño yace en el cementerio de Heraklion, Nikos Kazantzakis:
“Δεν ελπίζω τίποτα. Δε φοβάμαι τίποτα. Είμαι λεύτερος”
No espero nada. No temo nada. Soy libre