Y ahora sí, en nuestra intimidad, me dirijo a vosotros, que sabéis que el aire sano no es nada saludable. ¿Habéis pensado alguna vez en las terribles consecuencias que podría tener para nuestros pulmones una bocanada de oxígeno sin aliñar? Tiemblo al confesaros… que el otro día me llevaron al campo.
Y cuando digo campo, no os hagáis ilusiones, no creáis que me refiero al Vicente Calderón, donde acudimos a millares y todo eso, sino al otro campo, al que no está civilizado, donde no puedes enchufar la PlayStation porque no hay enchufes, donde no existen ni cobertura ni estancos. El campo de los animales. El de las plantas. El campo a secas. Me llevaron al Torcal de Antequera.
Antequera es un pueblito de Málaga, y hasta ahí todo más o menos bien. Desde el coche, yo conduje tranquilo mientras fui viendo estancos, bares, gente andando por las calles, calles... El problema comenzó cuando la carretera decente por la que marchaba comenzó a estrecharse, a dejar de tener dos carriles por sentido, a perder el arcén… ¿Por aquí?, pregunté. Sí, sí, sigue. Pero en unos minutos, el camino se empinó. El motor se resintió - esto me dará agujetas, pensé, porque yo mantengo una comunión plena con el motor de mi coche -, y pronto aquello comenzó a ser más que sospechoso: espacios abiertos, paisajes hermosos... una postal, cuidado, me han metido en una postal y eso nunca acaba bien. Carretera de montaña sin ciclistas y sin sofá: malo.
- Estas curvas son peligrosísimas, ¿no ves? ¡No hay ángulo, nos vamos a caer al vacío!
- Exagerado eres. Sigue, anda, que ya llegamos.
Las curvas eran mortales, en serio, como las de Shakira de perfil.
Y por fin, cuando consideré que aquella subida ya había durado mucho más allá de lo humanamente soportable, o sea, a los cinco minutos o más, paré junto a un mirador. No había nadie. Abrí la puerta con cautela. ¿Sería la misma presión la de fuera del coche? ¿Podría respirar sin dificultad? Me acerqué al balcón que se abría ante un valle en el que se divisaban un par de pueblos, escuché sonidos propios de espacios abiertos y solitarios, encendí rápidamente un Ducados para no hiperventilarme y leí una placa en la que se indicaba que aquella preciosa vista correspondía a la comarca del río Campanillas, y que una de las poblaciones se llamaba Villanueva de la Concepción. La otra no la recuerdo, lo siento, estaba demasiado asustado por el entorno como para sacar mi libreta de notas. Entre otras cosas, el letrero prometía que, en días claros, allí mirando hacia el sur, se llegaba a divisar el continente africano. Por supuesto, no me creí nada: yo miré y miré, junté la vista, como se dice, y nada: distinguía la matrícula del coche y porque me la sé de memoria, como para divisar el continente africano...
Ah, ¿que hay más subida, que no es aquí donde veníamos? Otra vez al coche, más carretera arriba, y al rato, por fin, distingo un aparcamiento, en el que, no me preguntéis cómo, había aparcado un autobús del tamaño de una ballena. ¿Ves?, me dicen, si ha subido el autobús, cómo no ibas a subir tú con el Peugeot. Yo no quise discutir, pero en seguida opté por creer que, una de dos: o el autobús lo habían montado allí arriba o lo había subido un ovni (ese bicho no podía dar la vuelta por las curvas que había subido yo; en la vida).
Más allá, un grupo de viejos en chándal revoloteaba alrededor de un monitor. Un monitor es una especie aparte, ya sabéis, un tipo que lleva gorra, calcetines blancos con dos raquetas bordadas y una camiseta con letrero de alguna causa como la de las ballenas o la Iglesia de la Cienciología. Detrás de ellos, un viejo permanecía sentado en un banco, al lado de un edificio.
- Ah, el bar, menos mal. Ahí nos pondrán un cafelito y un coñac, para el mal de altura.
- ¿Qué altura, si estamos sólo a 1300 metros?
- Me refiero a la mía, mi metro ochenta y cuatro.
Pero no era un bar: era un observatorio astronómico. No había bar. Como os lo cuento. O sea, que sólo veían las estrellas de noche, y yo sin café y sin coñac.
- Haremos la ruta verde, que es de dificultad media - me dicen.
¿La ruta verde? ¿Eso qué es? ¿Tiene algo que ver con la marihuana o con Al Gore? ¿Cómo que dificultad media? ¿Quién ha hablado de dificultad, aunque sea nimia? ¿Os parece poca dificultad haber llegado hasta aquí, en segunda y despacito?
Senderismo. La ruta verde era una ruta de senderismo. Sin bares, por caminos de tierra y barro, sobre piedras escurridizas, entre cabras montesas y bajo águilas perdiceras. Cuarenta y cinco minutos así, parando apenas a fumarme un par de Ducados, cuarenta y cinco minutos, lo que dura un tiempo de un partido de fútbol.
- Mira bien, que lo mismo te encuentras un fósil del Jurásico, de la Era Secundaria.
Vi latas de refrescos que habían perdido el color, pero supuse que no eran jurásicas, así que no dije nada. Y no dije nada en todo el camino. Las piedras, preciosas, eso sí: unas formas rarísimas que me dijeron que se habían formado debido a la erosión, después de que la zona emergiera de un antiguo mar, muy antiguo, antes de que el mar Muerto estuviera ni siquiera Enfermo. En fin, que el viento, el agua y el tiempo han modelado allí un plató natural que imita a la perfección al cartón piedra y en el que yo rodaría con Sancho Gracia y con Álvaro de Luna una nueva saga de bandoleros jubilados.
Total, que a la hora y pico de haber subido, ya bajaba, con el alma en vilo por las curvas, los pulmones llenos de aire sano, con más sed que cualquier criatura del Jurásico y temiendo que todavía las águilas se me lanzaran sobre el capó. Como veis, he sobrevivido a lo natural, y ahora me encuentro amartillando las teclas del ordenata, con agujetas provocadas por mi mimetismo con el motor, y seguro de mí mismo, de mi hazaña campestre, satisfecho de civilización y optimismo occidental.
PD: Si habláis con los que no han leído el artículo, con los del chándal y las excursiones, les decís que el Torcal les va a encantar, y os dais de listos afirmando que el paraje es una muestra única de paisaje kárstico en Europa, que me explicaron lo que es pero no me quedé con ello, estaba pensando en cómo iba a hacer el camino de bajada. El autobús, por cierto, se quedó allí, yo no lo vi bajar. Y sigo pensando que lo subieron unos marcianos.