EL TIEMPO DE MADRID.

¿Un viaje? ¿Adónde? El Tíbet, la Isla de Pascua, la Antártida… ¿Y por qué no Madrid?.


 

EL TIEMPO DE MADRID. Artículo enviado por Angelcaido.


La Primavera.

Llega sin avisar, mientras las manadas humanas continúan su migración circular por la ciudad en esa carrera sin sentido que se traen por túneles, autobuses y cercanías. En el calco de los días, alguien percibe que algo ha cambiado y emite cierto sonido; el mugido se expande y la manada va tomando conciencia del mensaje: ya es primavera en el Corte Inglés. Los gorros, los abrigos y las bufandas dejan paso a la ropa de entretiempo, esa raza de ropa que en Madrid es perfectamente inútil, pues aquí se pasa del invierno más crudo al calor incivilizado, contando además con que dentro de los túneles la temperatura cada año es superior… Las terrazas comienzan a instalar algunas mesas y sillas, tímidamente, para que no se note, como si surgieran de la polinización, y entendemos que Madrid intenta emular a lo vegetal (ya que fuera del Retiro no hay floresta, al menos que recordemos esos procesos del pasado y de los pueblos); las mesas, pues, florecen, los camareros retiran a unos cuantos guiris que se quedaron congelados con la cerveza en la mano allá por enero, y los madrileños se sientan a pedir cañas y tapas. Las tormentas de la tarde madrileña bajan desde la sierra y caen sobre las terrazas; el bochorno del asfalto se eleva hasta los tejados y las terrazas y, un buen día, el bar ha cerrado por vacaciones. ¿Qué ha pasado? Que ha llegado el verano.


El Verano.

La gente se ha ido de Madrid. El tráfico se toma un respiro pero, como los conductores de los transportes públicos también se toman vacaciones, el autobús que pasaba cada quince minutos, ahora pasa cada treinta o cuarenta: en definitiva, como en invierno, cuando el atasco perpetuo provoca que los quince minutos previstos se conviertan en más de media hora. O sea, que no cambia nada, sólo que hace un calor espantoso, sólo que las calles durante el mes de agosto parecen las de una ciudad en la que el equipo de fútbol estuviese jugando una final. Las noches son lo mejor pues, sin ser frescas, las calles del centro te permiten paseos nocturnos en los que uno transita con licencia para trasnochar con la excusa del calor: este bochorno me ha quitado el sueño y tal… nadie nos ha quitado el sueño, lo que pasa es que queremos salir, mirar, tocar, vivir. La noche de agosto de Madrid, ese búho metálico que se cuela por las ventanas abiertas. Pero, ay, un buen día esperas el autobús y de pronto aparece Gran Vía abajo atestado de gente. ¿Por qué? Porque ya es septiembre, porque ya se acabó el verano.

El Otoño.

Cae una hoja… es del calendario, la de septiembre, pero sobre ella caen todas las caducas del Retiro. Madrid es una tarde nublada en la que los estudiantes buscan apuntes y manuales fotocopiados como perros de caza. La manada vuelve a su ocupación. Los que no tienen que hacer nada, vuelven entonces a su nada, a su pasar el tiempo, a enredar con las horas y los días. En el Retiro han caído las hojas, he dicho, pero entre las que caen de los árboles bajan serpenteando también la de los libros antiguos, la de los poetas muertos, las de las historias de Baroja, que supongo que alguna noche se baja del pedestal de su estatua y vuelve a transitar la alfombra de hojas rumiando historias. Los rojos, los ocres, la paleta de Madrid en otoño es la mejor, la estación en la que los que viven en sosiego se muestran más sosegados. ¿Con el karma? No, mujer: con la calma, la del otoño. ¿Qué es eso que alguien ha arrojado al suelo? No es una hoja, es un papelillo de color… un mantecado. Pues entonces es que ha llegado el invierno.

El Invierno.

Los niños llevan a sus padres a Cortilandia. Los Reyes Magos no encuentran aparcamiento y tienen que dejarse a los camellos en zona azul. Gallardón les pone la multa y ellos a cambio le dejan un saco de carbón, pero él valora muy positivamente las sacas carbonizadas que le dejan sus majestades en el salón del Ayuntamiento, y rápidamente se va a una obra a usar los carbones para asfaltar la M30. Los árboles arañan el paisaje con sus ramas como uñas afiladas, desnudas. Cualquier día cae una nevada. La ciudad no está preparada para ella, los porteros de los edificios tampoco, y se recuestan bajo una manta, sentados tan cerca de la estufa de la portería que uno no sabe quién calienta a quién. Si esto fuera un artículo costumbrista, yo hablaría ahora de las castañeras y todo eso, pero esto va de meteorología, como ya habréis intuido, así que os tendréis que conformar con nubarrones negros, como castañas, precisamente, que cruzan los cielos de Madrid y se enganchan al Pirulí y al Faro de Moncloa. Las gentes se quitan el frío apretando un poco más el paso en su carrera circular por túneles, autobuses, cercanías… hasta que uno de ellos, alguien de la manada, huele algo raro y da el mugido: la señal de la primavera.

 

Queda claro, creo, que ésta es una ciudad ligada a lo meteorológico. Madrid es tiempo, el del reloj y el del otro. Y aquí estamos pasándolo. Venid.

 

 


 

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