Un tipo joven, convencido además de esa juventud, normalmente formado y sin ningún problema monetario de cara a sus aficiones, todas relativamente baratas y sencillas. Es difícil imaginar un contexto que se acerque más a la libertad absoluta, a creerse el dueño de un imperio personal y sin límites. En mis tierras no se pone el sol, o lo que es lo mismo: a mi cuerpo no le afecta el cansancio y la desgana. Me encontraba más allá de lo físico. Me encontraba en Granada.
A Granada hay que llegar con un plan militar en la cabeza, como si uno fuera general al mando de legiones, porque Granada no es una ciudad que visitar, sino una ciudad que tomar, que conquistar, que asaltar. Hay quien toma las ciudades para arrasarlas, pero por aquel entonces yo traspasaba las murallas de las capitales de provincia para que la ciudad me arrasara a mí. De modo que tomé la decisión más acorde con esa manera de manejarse en los viajes: pernocté en un pueblo cercano, llegando de madrugada y acostándome tempranísimo, con la cabeza fría del estratega.
La amanecida se reveló fría, entre neblinas, y cuando salí al balcón del hostal con la sensación de intruso que a uno le acompaña cuando está durmiendo en sitio extraño, descalzo y sin aliñar, uní el humo del primer cigarro del día con las brumas que serpenteaban por la sierra. Sierra Nevada subía hasta rascar el cielo, y entonces supe que mis ejércitos me esperaban, ya formados, mis ejércitos de proteínas, mis mariscales de energía, la capitanía de mis ganas.
Entré en Granada a eso de las nueve de la mañana, antes de que llegara Washington Irving, que acostumbra a llegar por las tardes, así que tuve toda la mañana para instalarme en el centro y proclamar que me quedaba sin límite de tiempo ―a la postre, cuatro días, cuatro días de dominación―. La ciudad era mía. Los bares me pasaban poemas en sus servilletas, y las palabras surgían de un modo distinto, con frases cortas, con sonoridades que hasta ese momento mi oído no había conocido.
En Granada existe una raza de gente que vive en la calle. Desconozco si son hippies, cristiano-marxistas, sans-culottes o simplemente zumbados sin nada mejor que hacer, pero rápidamente me quise sumar a ese lado libérrimo del asunto. Me adentré en unas calles estrechas, un zoco cercano a la catedral donde los aperos del té se mezclaban con tapizados y fruslerías de cuero. Adquirí dos chilabas y dos babuchas, y me desnudé: anduve el resto del tiempo con la chilaba blanca y negra, a rayas, propia del Rif, con unos calzones debajo y un paquete de tabaco en la mano. ¿Dónde llevan el tabaco en el Rif?
Alhambra, la Roja. Le llaman así por su aspecto. Y desde un mirador, no recuerdo el nombre del santo que le da nombre al mirador, san no sé qué, se contempla cómo las paredes del palacio se tiñen de rojo y se alzan como una fogata sobre la colina. La suerte me permitió entrar por encima de colas de turistas. Y por la tarde, en efecto, llegó Washington Irving, a contarme los secretos del lugar, los tesoros ocultos, historias de piedras que se mueven ante una frase mistérica, harenes de señoras tan desnudas como yo me sentía con la chilaba, señores con alfanjes y perilla que reflexionan sobre el agua entre jardines de columnas aéreas, vegetalísimas.
Evidentemente, éste será siempre un artículo incompleto, hilvanado con trazos inconexos. Porque el viaje a Granada es como un sueño que uno recuerda haber tenido en mitad de la mañana, que nos deja la inseguridad de lo vivido. ¿Ha sido real?, me pregunto saliendo al ojo de patio de La Revelación. Huele a chilaba en el patio. Huele granadino. Quizá otro día cuente la historia de la tetería y de cómo el moro me confundió con un paisano suyo, cuando me vio tumbado en unos cojines, fumándome una cachimba y, por supuesto, con la chilaba riffeña. O la historia del teatro de Lorca en La Alhambra. O las madrugadas por Plaza Nueva, frescas junto al Darro, cuando un tipo hindú me pasó un instrumento de viento, como un cuerno celta, del que se obtenía un sonido hondo y grave que parecía convocar a los dioses y a las prostitutas. Sea como fuere, entorno, como buena tonadillera que tiende la ropa en el patio, mi pasodoble, o lo que sea:
Granada, ven, Granada, ven, vengan sobre nosotros tus tardes largas, tu alfanje rota, tu luna sobre la Alhambra. Secuéstrennos tus sultanas, concubinas maquilladas de placer. Ven, Granada, ven, ciudad ganada, salón de té, espejo roto, foto de mi fe resucitada. Venga a nosotros tu reino de Granada.
Granada, ven, ven ya, Granada, como una vez en que rogué que me raptaras. Granada, ven, ciudad tomada, salón de té, telón de piel, novia olvidada. Granada, ten, sostén mi sino: olvídate de ser mujer y sé mi olvido. Granada, ven, encuéntrame y cuéntame todos los cuentos. Despiértame del descontento de la nada. Venga a nosotros tu reino de Granada.