Podríamos haber entrado a lomos de un caballo gris, el más rápido de cuantos jamás existieron, pero lo hicimos sentados en los butacones de un autocar, ya entrada la noche. Podríamos haber entrado por el impresionante pórtico blanco, donde se producía el relevo de la guardia de Gondor, para contemplar –subiendo la vista hasta donde el cuello lo permitiese- los siete niveles de la ciudadela más impresionante construida por los hombres. Pero no fue así, simplemente tomamos la última curva del recorrido y pasamos junto al cartel que anunciaba el fin de trayecto. Mijares.
Al sur de Ávila, tan cerca de donde vivimos, pero dejando que nuestra imaginación volara y se introdujera en la ficción de lo épico, de los libros, de lo tolkieniano. Cansados del viaje, como fatigados hobbits, nos señalaron nuestro destino, allá arriba, en el nivel más alto de la montaña. Ascendiendo, bordeando la iglesia donde bien pudieran estar las mujeres rezando en la víspera de la Gran Batalla, aperecieron las estancias asignadas para nosotros.
Cruzamos la puerta, sin aldabones, adornos o remates de marfil, para ser recibidos por el Senescal. En forma de
joven mujer, de trato muchísimo más agradable que Denethor. Paseamos por los corredores y escaleras del recinto, como si los ingenieros elfos –y nuestra fantasía- hubieran trasladado a ese lugar la casa de Elrond. Allí disfrutamos de la inmensa tranquilidad de la noche, sólo alterada por el ruido de un riachuelo, de un vado con olas de cresta de caballo, que sólo estaba en nuestra cabeza.
A la mañana siguiente seguíamos allí. Seguía siendo un pueblo de Ávila, pero seguía siendo algo más. El hostal Barbacedo seguía atrapándonos en la misma aura que el resto del pueblo. Salimos a pasear, bajando por las cuestas, viendo con los ojos de la ficción a los herreros aprestándose en los fuelles de las forjas. Un niño, Bergil quizás, se acercó a nosotros por indicación de su padre Beregond para saludarnos. Quizás nos hubiera conducido por la ciudad, de habérselo pedido, hasta la armería. Allí nos hubiéramos ataviado con uno de esos trajes negros, con uno de esos cascos alados, con uno de esos petos de árbol de plata que siempre nos gustaron tanto.
La mañana anterior al Gran Día era clara, y en el nivel inferior de la ciudadela los hombres se reunían a hablar de sus inquietudes en torno a una cerveza. Seguimos subiendo y bajando a nuestro antojo, cruzando callejuelas, afrontando cuestas, siendo saludados por un hombre sentado en un portal.
A la caída de la tarde regresamos a nuestra acogedora versión de Rivendel, con la pena de sabernos en la última noche. Disfrutamos de la compañía, de la luz velada, de los cantos de los elfos y de historias que contarnos, sentados en las robustas sillas de madera, pensando sólo en lo agradable de aquel momento, sin más preocupaciones.
El sol volvió a salir, como tiene por costumbre, para pasar la última página de nuestro libro ese fin de semana. Ningún grito de guerra, ningún invasor asaltando la ciudad, ningún chasquido de arco ni chirrido de metal. Aquello era Mijares, en Ávila, donde se nos concedió el don de dejar volar nuestra imaginación, de zambullirnos en la parte de la magia que más nos gustara… pero sólo en su parte buena. Mijares, donde tan bien fuimos atendidos, tan bien fuimos recibidos.
Mijares, la Minas Tirith de Castilla, donde volveremos a por nuestro casco alado, a por nuestro peto de árbol de plata, que tanto nos gusta.