La primera vez que fui a París me llevé un ejemplar de Las flores del mal, de Baudelaire, y fui pidiendo a las mozas con aspecto de fecundar, en un ortopédico francés, que me firmaran el libro. Marian, Antonia, una tal Fani… Baco las tenga en su gloria, accedieron a la petición. Benditas mozas. Pero mi segunda visita ha sido más reposada, más intensa: porque ya saben ustedes que los buenos atletas lisiados como yo perdemos con la edad el poderío físico de la adolescencia pero ganamos en saber estar, en colocación.
París es un café a media tarde, una gente todo el día en la calle, en terrazas a la orilla del asfalto, en aceras en las que leen hasta los que no saben hacerlo. Son cuatro palabras hechas, que suenan a una prolongada y sostenida “Uuuuuu”. París es pasear por el Louvre a primera hora y encontrarte con las puertas de Ciro el Grande ―que visto el tamaño de las puertas, sí que era grande, sí―. “Las puertas de la Historia”, me dije entrecortado.

¿Y las fotos?, me dirán, como le espetaban a Neruda. No hay fotos, joder, que esto no es un reportaje del Hola. Lo que hay es una torre de hierro que a Verlaine le hacía dar larguísimos rodeos para no toparse con ella. El tal Eiffel alzó sobre el mapa de París un armatoste de modernidad y vanguardia en el que ahora haces largas colas para subir (yo no, soy partidario de que mi cuerpo ―el mío, ojo― esté demasiado cerca de la espalda de otro congénere del mismo sexo), y te ponen unas cenas escabrosas, eso sí, con un tinto de Burdeos que es el verdadero monumento.
París es eso, señores. París es afrodisíaco, señoras. Prueben a decir tres imbecilidades sensibleras a orillas del Sena: funcionan. Hablan los tangos sabínicos de los puentes de ese río. Hablan las novelas decimonónicas de Notre Dame y de gitanas que se acogen a sagrado, protegidas por deformes sentimentales. Todo es verdad, y eso que los tangos y las novelas siempre mienten. Vayan al Museo de Orsay, por cierto, adyacente a todo esto. Qué gritos da la piedra seducida por Rodin. Qué cuadro de la familia de Caín yéndose al destierro, con caras de haber perdido todo lo cotizado a lo largo de una vida.
Del cementerio de Montparnasse ya hablaremos en el siguiente artículo, porque es tan literario que desentona en Viajes, así que le pediremos a la complacencia de Baco que lo meta en Literatura.
Pero de Montmartre me deben permitir soltar alguna frase. Qué barrio, qué caraduras de pintores intentando hacerte un dibujo, qué museo de Dalí, qué manera de pasear, qué manera de mirar París desde las alturas. Qué café de Amelie, la estrábica delgadita que uno siempre pensó encontrarse en el Metro. Qué Molino Rojo, con esas aspas de lujuria ante las que el Quijote habría visto largas piernas de bailarina.
Que me ha encantado París, me ha fascinado, ha roído mi cerebro con leyenda, con sueños de profesor de secundaria rondador de jovencitas, con la certeza de que sería un buen hogar, dulce hotel. Señores y señoras báquidas y bacantes, me quité el sombrero que no llevo. Pero no traigo fotos, no.