ALMIRUETE, una ruta sobre pizarra, monte y agua.

Suspendidos entre rocas, medio ocultos entre chopos robles y fresnos, entre encinas y abedules, y sostenido por impetuosas corrientes de agua subterráneas, asoman, hacia el cielo, los negros tejados de Almiruete, con sus pizarras reflejando el poco sol que de vez en cuando asoma por las tupidas nubes otoñales. Por sus empinadas cuestas de mucha piedra y algo de asfalto nos vamos cruzando, como en procesión, con la gente del pueblo. Teces duras, curtidas en mil y una batallas contra las inclemencias del tiempo, en dura pugna con el sol, con la lluvia y la nieve. Con sus pequeños ojos coronados por infinitas arrugas nos saludan, nos miran con extrañeza “¿Qué hacéis en este infierno?” nos parece oír, “esto no es vida ¿venís a verla?” Sus duras bocas encajadas parecen escucharnos, y sonríen maliciosamente con sus finos labios: “bienvenidos”. Y ya está todo dicho.


 

ALMIRUETE: una ruta sobre pizarra, monte y agua. Artículo enviado por Javi.

 

        El pueblo parece que se cae, que es imposible que se mantenga en esa posición rechazando las leyes gravitatorias; los susurros del agua se sienten, por allá, por acá, y el viento mece suavemente las ramas ya amarillentas que nos rodean. Hay casas muy bellas, piedra, pizarra y yedras de colores. Todo junto.

        Así, entre casitas y olor a flores, y a huerto, llegamos al hogar: el crepitar del fuego nos llama. Nos recibe Alberto, que, entre apretones de manos y una honda sonrisa, nos pregunta por nuestro viaje. Es su última pregunta como veremos, las demás las pondremos nosotros. Parece igual de serio que el resto del pueblo, su mirada está cansada. Es joven, no pasará de los treinta, delgado y de largas pestañas, como para proteger sus ojos de la lluvia. Amablemente nos conduce a nuestras habitaciones, guardianas de nuestro merecido sueño. Antes cenaremos, unas ensaladas y una buena carne de la sierra del Ocejón a la piedra.

        De la cocina asoma Arancha, nuestra anfitriona, como si fuera una muñeca de porcelana. Viéndola comprendemos el mimo y cariño que ha puesto no solo en la comida, sino en la decoración de la casa. Agita la mano con una botella de vino en la otra. Es la señal de que, sin darnos cuenta, entre bocado y bocado, nos hemos terminado la anterior. Hoy no tienen mucho jaleo, es un día laborable, la última pareja que cenaba se ha retirado ya, sonriendo, a la intimidad de su alcoba. Nosotros, con los cafés, nos interesamos por los licores y por un poco de charla con nuestros hospederos. A Alberto no le hace falta mucho más, huele el interés, lo palpa. Cuando nos sirve unos vasitos de su orujo favorito nos comenta que tiene cierto influjo, como mágico, y que hace de la sobremesa algo interminable. Intentamos entonces que pongan otros dos, uno para él y otro para Arancha. No hay que insistir, se sientan con nosotros y dejamos que los alegres licores ejerzan su perniciosa influencia entre las ondas del humo de nuestros cigarros.

        Y empiezan nuestras preguntas que son rápidamente contestadas por ellos. El ímpetu de la conversación de Alberto se mezcla bien con la sensibilidad y reflexión de Arancha:

        Al parecer, esta zona serrana de castilla, dura y húmeda, se repobló en la reconquista con vascos. Su carácter es plenamente reconocible en los habitantes del lugar y en sus folklore. Todos los sábados de carnaval los mozos, escondidos en las peñas, se adornan con sus trajes. Son los Botargas, cargados de cencerros, enfundados en blancos trajes, y que con altos sombreros de flores coronan sus mascaras de todo tipo de animal. Uno, que ha comprobado el peso que aguantan, no sabe muy bien como pueden bajar del monte y dar vueltas al pueblo en busca de las Mascaritas –las mujeres, vestidas de similar manera- todos al mismo paso y al ritmo del “tontolón” colgado a sus espaldas. Este singular carnaval ha merecido ser designado de “interés turístico provincial”.

        Tienen otras fiestas, enlazadas con leyendas, por supuesto. Cuentan que, en medio de una época de peste que asolaba la comarca, los vecinos peregrinaron a la próxima ermita de los Enebrales. Una vez allí rezaron clamando por el fin de la tragedia. A alguien se le ocurrió compartir su poco queso de cabra y pan con la Virgen, gesto que terminó con la fatídica epidemia. Los descendientes sumaron ofrendas que a su juicio eran indispensables y decidieron añadir magdalenas recién horneadas. Por supuesto la peste no volvió a hacer acto de presencia.

        Y si tus pasos te encaminan a este pueblo en febrero y oyes una potente campana, y ves a posesas mujeres correr por las callejas del pueblo, y observas a los paisanos que deberían ir con más ropa, no te preocupes, no están más locos que tú; a lo mejor incluso podrás hacer de esforzado caballero y salvar a alguna doncella atada a un árbol o inmersa en las gélidas aguas de algún pilón. Es el día de las mujeres, y corren en persecución de los señores para robarles sus dineros, y sino se prestan de buen grado a tan abusiva propuesta, se quedan sin alguna que otra prenda. Por supuesto el género masculino se defiende como puede, y líbrese alguna damisela de encontrarse sola este día. Irá presa de las cuerdas o derecha al abrevadero.

        Lo que nos cuentan Alberto y Arancha es tan interesante que se tienen que levantar a por otra botella de su magnífico licor; “Menos mal que son los dueños” convenimos.

        Nos hablan también del pueblo de Tamajón, hermoso y renacentista, elevado a “villa” por gracia de Felipe II. Nos recomiendan el hayedo de “Tejera Negra”, el más meridional de Europa, las mejores vistas del afamado pico del Ocejón, y todos y cada uno de los pueblos de la arquitectura negra, Valverde, Majalrayo ..., tan bellos en su austeridad que si tuvieran formas más barrocas serían, avistados en la lejanía, las pequeñas casitas de chocolate de los cuentos. Nos indican como llegar a un monasterio en ruinas del gótico inicial llamado Bonaval, perdido entre robles y sabinas. Y nos hablan de muchos otros parajes y visitas.

        Si con pasión nos habían hablado de todas estas cosas, el alcohol derivó nuestras conversaciones a cotas más altas, conversamos de lo humano y lo divino y de la soledad, del terrible abandono de la ciudad. Rodeados de millones de personas te encuentras muchas veces solo, muy solo, que no único. Ellos sin embargo, en su pequeño pueblo, se sienten más rodeados, más cálidos y mucho más especiales.

        Y nos fuimos a dormir, pensando en el día siguiente. Nos despedimos con un “Hasta otra” y emprendimos los caminos señalados.

        Solo señalar que en Majalrayo nos encontramos con una sorpresa, con alguien más famoso aún que las rutas de la zona. Nuestros inquisitivos ojos descubrieron un grupo de turistas perseguir a un pobre anciano de blancos y fuertes cabellos cubiertos por un boina negra y con un rictus de bondad y paciencia perdidas. Se tapaba la cara como si hubiéramos descubierto a cualquier estrella de Hollywood. Y es que en un país como este una simple frase como “... y el Madrid ... ¡qué! ¿Otra vez campeón de Europa?” se tiene que meditar mucho antes de decirla.



        Para más información podéis visitar: http://www.almiruete.com y http://www.elhuertodelabuelo.com

 

 


 

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