La judería. Sí, sólo eso. A orillas del Guadalquivir, el río grande. La Mezquita está en medio, como catedral católica edificada sobre el templo mahometano (a su vez levantado sobre no sé qué capillas cristianas). La cuestión es que una vez que dejas atrás a la Córdoba actual ?lenta, pausada, verde y civilizada? uno entra en un laberinto de cal y calles empedradas que no tienen ningún sentido y que se retuercen sin motivo: precisamente para evitar el sol. Una de ellas se llama Callejón Salinas, otra, Buen Pastor. ¿Queda claro lo que nos podemos encontrar? Teterías, escuelas de historia y de filología, grandes patios y la calle de las Flores, donde toca la guitarra un tipo que se sienta jalonado por dos perros dormidos (¿drogados?, supongo que sí), a los que coloca dos gafas de sol. El tipo toca y toca, los perros permanecen inmóviles y los turistas sueltan monedas como las fuentes manan agua. Yo siempre quise sustituir a alguno de los perros, sin éxito.
Córdoba tenía más de 700 fuentes públicas cuando Londres no pasaba de ser un poblacho en el que al grito de “¡Agua va!” caían suciedades provenientes de los lugareños. Evidentemente, nada de ello queda ya. Fuentes públicas, sí, manantiales que parecen emanar de la historia, de la historia antigua, en la que esta ciudad parece vivir, como ensoñada por sí misma. Un dato revelador: la muralla antigua alberga un parentesis de casas actuales, y ahí los tienes, a los inquilinos, con la muralla Omeya como pared del salón, apoyados en el Tiempo y viendo grandes hermanos y partidos de fútbol (El Córdoba nunca será de Primera).
El cordobés bebe aceite mojado en tostadas de pan; las cordobesas hacen honor al mito de su rotundidad y belleza. No me puedo extender mucho más acerca de los cordobeses y no estaría bien que lo hiciera acerca de las cordobesas. Pero sí os diré que durante los atardeceres de las orillas del Guadalquivir, observados por el arcángel Rafael, las gentes se juntan y se dan al arte de la carne, mientras que los devotos enciende cirios y los indigentes que viven en el molino romano, en ruinas, se acercan a robar esos mismos cirios para encenderlos, darse luz y evitar caer al río, pues el suelo del molino está horadado por el cáncer del tiempo: alguno ha caído ya al río y ha agotado sus resacas de vino en agua, qué curioso.
Y la Mezquita. Es un bosque de columnas, es un patio de naranjos, son unas puertas doradas. A veces, en la madrugada, puedes ver la luna entre las hojas de las puertas de la Mezquita. Parece otra luna, una luna antigua, la misma que navega los cielos azules que sirven de techo al Alcázar de los Reyes Cristianos, donde se debe pasear descalzo, dibujando versos en el agua.
Sé que os habrán contado muchos mitos cordobeses. No son ciertos; o al menos, no son ciertos del mismo modo para todo el mundo. Pero la judería es cierta, y es verdad que sus madrugadas son solitarias, y que Julio Anguita pasea por ella a esas horas (jamás me atreví a dirigirle la palabra en tal tesitura: gatos somos, y los gatos no se hablan entre sí, faltaría más). Id a Córdoba, hay sitios peores en los que emplear el tiempo.
Y Córdoba es más cosas, claro, que el puente romano, los restos Omeyas, el sueño de Medina Azahara, la judería o las orillas del Gualdalquivir. Es, por ejemplo, entrar en un bar de viejos del barrio de Levante y que el dueño sea el Tomate, el padre del Tomatito, guitarrista de Camarón. Y venga guitarra, y venga palabras antiguas, casi olvidadas, regadas por alcohol. Córdoba es un lugar de paso, una estación de AVE, una Ciudad-Jardín donde la juventud hace botellón en los pisos de alquiler (cuestión en la que aún no han entrado las autoridades: tiempo al tiempo). Pero por hoy, nos quedamos con lo transitado por la judería, que ya nos duelen los pies, fatigados.