EL TREN: ¡Viajeros, al tren!

Sección de viajes: ¿a qué lugar vamos hoy? A ninguno y a todos casi, porque vamos a hablar del tren, de los trenes, que en los tiempos de asepsia y de grandes velocidades que corren —juego de palabras al canto— han evolucionado, desde los animales mitológicos, chirriantes y mastodontes de hierro que mugían en los andenes de antaño, a las oficinas silenciosas que cruzan las llanuras conectando barrios financieros de distintas ciudades. Del precio, ni hablamos. Por eso, ahora que el tren ya no está al alcance de casi nadie, déjennos que viajemos, no a un pueblito ni a una playa concreta, sino a los trenes de antes. Viajeros, al tren.


 

EL TREN: ¡Viajeros, al tren!. Artículo enviado por Angelcaído.


         Viajeros, al tren. Y a continuación se estremecían los oídos ante el pitido largo, prolongado, profundo que la locomotora emitía como saliendo de un sueño que sólo los saurios de hierro conocen. Jaleo de maletas de cartón, novias agitando pañuelos de llanto ante el militar que se les iba, ay, dios sabía dónde y con quién, señores de gabardina que acechaban a las novias cuasi-viudas de los soldaditos de plomo de infantería, familias enteras repartiendo recuerdos para el tío del pueblo o viceversa, Paco Martínez Soria apresurándose con la jaula de la que le sobresalían gallinas. El tren, el tren antiguo, que boqueaba un humo negro al que ahora la ministra de turno aplicaría la ley antitabaco, el tren antiguo, de hierros y madera, del que todo el mundo salía tan negro como el maquinista, no en vano éste se ganó el apodo de “carbonilla”.

         ¡Más madera!, gritaba Groucho Marx desde la caldera, y el tren partía firmando los cielos con su nube de humo, ya fuera para conquistar el oeste norteamericano o para llevar a Philleas Fogg de oeste a este, a la inversa de la colonización, a favor de las agujas del reloj, asido de una mano a Julio Verne y de la otra a su criado, Passepartout, sin el que nunca habría dado ni la vuelta al mundo y, sospechamos, ni a la manzana. ¡Más madera!, sí, Groucho, más madera para el Orient Express, y para trazar una novela sobre los raíles de Eurasia, donde la afable viejecita Agatha Christie fraguaba asesinatos mientras sorbía el té en su vagón privado. Más madera para la máquina del tren que llevaba al poeta Antonio Machado garabateando un poema en el que nos contó que los arbolitos pasan, que las monjas van de convento en convento, que las nubes se levantan y que Castilla cría hombres cabales para después comérselos crudos.

         Nosotros, mientras ahí fuera mueren y renacen alternos los paisajes, mientras que los ferroviarios barajan vagones y los pasan de un tren a otro enhebrando las agujas y las palancas oportunas, nos acercamos al vagón-cafetería, donde soñaremos con oscuras tramas de cine negro, con espías que nos miran disimuladamente tras el periódico formato sábana en el que ocultan sus aviesas intenciones, y pediremos un coñac que tomaremos pacientemente mientras que sigue su curso la Guerra Fría que se traen los espías dobles que nos rodean.

         Y llegaremos, tarde o temprano, a alguna estación. Algunos bajarán en las míticas de Londres o París, o en cualquier apeadero multitudinario de la India, o en dos callejuelas hechas con tablones de más allá del río Pecos, en pleno Oeste e interrumpiendo un tiroteo entre John Wayne y Clint Eastwood. Nosotros, seguramente, bajaremos en la antigua Atocha —tan parecida a la de Valencia— donde los taxis negros aguardan como una bandada de pájaros de ciudad. O, quién sabe, igual quedamos exiliados en cualquier estación florida encalada de la sierra, a caballo entre Málaga y Cádiz, o en la llanura manchega, o en plena Soria, donde Machado está esperando para enseñarnos su poema sobre el tren.

         Sea como sea, los grandes amores han encendido su mecha en el pasillo de un tren de madrugada; las grandes traiciones, también. Los trenes han servido por igual a clérigos que a suicidas, a ladrones de bancos que a funcionarios de categoría media. El mapa de las vías fue extendiéndose por los mapas como una araña, y el lápiz que los dibujaba ­—también de carbón, como el alimento de las locomotoras— crujía al recorrer la hoja del mismo modo que los caminos de hierro lo hacían al pasar sobre ellos el tren. “Los argentinos somos hijos del barco”, dijo Jorge Luis Borges; pues bien, nosotros, los que ya no podemos acceder a las tarifas de alto coste de la alta velocidad, y pese a quien pese, somos hijos del tren. Él nos crió, en él transcurrieron muchas de las grandes novelas y de las grandes películas y de las grandes canciones que conformaron nuestro ideario estético. Aunque ahora tengamos que conformarnos con dar una vuelta a media tarde en el tren de cercanías, cruce menor y sin pedigrí entre el Orient Express y el Metro, siempre nos estremeceremos, como las vías, cada vez que oigamos el grito del factor de la estación de turno: ¡Viajeros, al treeeeeeeeeen…!

 

 


 

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