Hace unos días, me fui a dar un paseo con Don Quijote. Llamé a mi fiel escudero, compañero incansable, y subimos al lomo de mi particular Rocinante.
“El ciego sol, la sed y la fatiga; por la terrible estepa castellana ...” dieron paso a un sol con unas nubecillas altas acompañándole cual Sancho a su amo; a una bebida isotónica de litro y medio para reponer minerales y evitar la fatiga –que no la sed, porque la sed, lo que es la sed, no la quita del todo- y a unas mesetas infinitas cubiertas de un verde luminoso gracias a las escasas pero recientes lluvias caídas.
Don Quijote estaba anonadado. No recordaba esos paisajes tal cual los veía, con esos colores, esa luz... Al llegar a nuestro primer destino, Riba de Santiuste, observó de nuevo asombrado –esto es, anonadado al cuadrado- como figuraba en la pared de una de las casas un azulejo verde oscuro donde se indicaba: “La Ruta de Don Quijote”. ¡Vaya! Él que siempre había ido en pos de aventuras, de encuentros con gigantes y bellas doncellas, ahora se había convertido en un reclamo turístico de una ruta que no acababa de recordar del todo. “Por lo menos podían haber puesto un azulejo algo más llamativo”, comentó. Entonces fue cuando, al mirar hacia arriba, lo vió: el Castillo de la Riba, solemne, memorable, alzándose en lo alto de un montecillo. Percibí un destello en los ojos del hidalgo, que corrió a su encuentro. Los muros exteriores conservaban casi totalmente su apariencia de antaño pero, ¡ay!, al entrar en sus dependencias, vimos como todo había cambiado y se había “redecorado” con un tremendo mal gusto basado en pintadas, basuras y enseres de todo tipo, viejos y oxidados. Aun así, recorrimos las estancias, subimos a los torreones, oteamos el infinito e imaginamos cómo había podido ser aquello en otros tiempos en que a la arquitectura se le hacía más justicia.
Recuerdo perfectamente lo que pensé nada más verlo: un superviviente al que sólo le faltaba que le crecieran brazos para hacer señales y llamar aun más nuestra atención.
Yo creo que el pobrecito lo que hacía era pedir que alguien le rescatara de un lento pero imparable camino a las ruinas. Y ahí sigue, esperando a todo aquel hidalgo o doncella que quiera visitarlo. Y, por qué no, ayudarle.
Seguimos nuestras andanzas y llegamos hasta Atienza, una villa medieval más pequeña que Sigüenza, pero mejor conservada que muchos otros pueblecitos por aquello de que es visitada cada fin de semana por personas que buscan un rincón donde probar el verdadero sabor castellano y disfrutar de los paseos sobre calles estrechas y empedradas. Esto último lo hicimos con placer y dejamos los menesteres del buen comer para los que supieran apreciarlo mejor que nosotros que, habituados a las escapadas por las montañas y a llevar los bolsillos siempre vacíos del vil metal, traíamos en nuestras alforjas unos bocatas buenísimos que, saboreados al aire libre, eran insuperables. Eso tenía que probarlo Don Quijote sin lugar a dudas.
De allí partimos a conocer el Cañón del Río Salado, un contraste entre tanta llanura, donde moran los buitres y la soledad, y pudimos ver como un pequeño río da paso a un embalse bordado de marcas que certifican la escasez de agua con respecto a otras temporadas.
Y finalmente, pasando por las salinas de Imón, visitamos Palazuelos, pequeña villa rodeada de una muralla medieval, que también merece una caricia de nuestro corazón.
Mi fiel escudero y yo emprendimos el regreso a lomos de mi Rocinante particular: un “Ibiza” que, leal y obediente, siempre nos conduce allá donde deseamos; aunque ya quisiéramos nosotros que se alimentase de hierba y grano y no del líquido negro e impuro que va avasallando en cada lugar de La Mancha y del resto del mundo “desarrollado”.
Don Quijote se despidió de nosotros y nos miró de esa forma tan especial que tenía de mirar, entre melancólica y rebosante de ilusión por lo que un viajero encontrará en su camino. Quien dijo que no era una persona cuerda, no estaba en sus cabales, pero ¿quién lo está?
Y así fue como convertimos los azulejos verdes de “La Ruta de Don Quijote” en realidad. Porque cada viajero, cada visitante, tiene el poder de hacerlo sólo con la imaginación.