Ya sé que pensaréis que estoy loca pero... ¡se puso a revolotear frente a mis ojos! No me lo podía creer...vi a una abejita sobrevolando mi cabeza montada en una hoja de roble. Aladino sobre su alfombra con turbo en versión macro. Increíble.
¿Y qué íbamos a hacer? Cogimos mi “moqueta” diesel y la seguimos como pudimos por el asfalto.
Llegamos al límite de Madrid, pasado el Hayedo de Montejo y, lo que hasta ese momento había sido una carretera firme, se transformó en una pista de hormigón llena de olas pequeñitas que hacían que nuestro medio de transporte subiera y bajara al compás del ritmo que éstas ofrecían. Toda una melodía la unión del zumbido de la abejita, del motor diesel, de los muelles de los asientos y de las piedrecillas que iban acercándose a las ruedas.

Estábamos en Guadalajara, tierra que esconde secretos, lugares mágicos, mieles deliciosas, aventuras... pero tierra muy abandonada. Tal vez su encanto resida en que no es pisoteada por el hombre, pero es esto también lo que la llevará al olvido: el que no se camine por ella.
La abejita giró y entramos en otra pista, pero esta vez de una fina arena rojiza que se camuflaba entre espesos bosques por los que serpenteaba. Entonces vimos uno de los tesoros que ocultaba: robles centenarios, grandes, fuertes, gloriosos, celestiales, soberbios, sublimes... unos abuelillos cubiertos de mantos verdes que estiraban sus ciclópeos brazos hacia el cielo azul, como dando las gracias a saber a qué o a quién...
Y así seguimos por la pista, admirando a un lado y a otro a estos bellos seres hasta que llegamos a un collado más abierto donde paramos. Allí empezaban dos pistas más no aptas para vehículos: una llevaba a La Tornera y otra bajaba hacia algo que destacaba entre el verde. Eran dos casitas de piedra. Habíamos llegado a la pista que nos llevaba a uno de tantos pueblos abandonados que hay en Guadalajara, en este caso La Vihuela. En treinta minutos ya había alcanzado los restos. Ya no era un pueblo. El éxodo rural lo acabó dejando en dos casitas, unas colmenas y dos huertas con árboles frutales, judías y tomates. Una de las casas estaba abandonada, pero no la otra, que presentaba un aspecto cuidado, al igual que los huertos que la rodeaban, tal vez gracias a la mano laboriosa de algún descendiente de sus antiguos habitantes. Las casitas en sí no tienen nada de especial, pero sí la zona en la que se encuentran, rodeada de montañas de cuento.
Tras ese viaje al pasado, retornamos a la pista y, más abajo, al lado del río, con vistas a un bonito puente, comimos en una mesa de piedra que parecía estar esperando nuestra llegada. Junto a la mesa, haciendo sombra, se encontraba un precioso ejemplar de roble centenario. Era él quien nos acogía en su casa y nos ofrecía su calor y hospitalidad.
Tras tan agradable estancia, dimos las gracias como buenos huéspedes y volvimos a la pista de asfalto, esta vez en dirección Peñalba de la Sierra. Culebreamos entre los montes, en medio de la soledad, hasta llegar al escondido pueblecito, a los pies de la Sierra de Ayllón. Antes nos volvieron a dar la bienvenida: una cabra asomaba entre el indicador en blanco de población mirándonos, cotilla y perpleja, a un metro de distancia.
Al llegar al pueblo, bajamos hacia el riachuelo que lo cruza para seguirlo y dar con la cascada de Cañamar, bonito chorro de unos doce metros de altura que se despeña entre afiladas rocas de pizarra. ¡Pena de verano seco que restaba hermosura al bonito salto! ¡Pena de trocha que lleva a sus pies y que ya apenas deja que alguien camine por ella sin llevarse más de un arañazo!
Se nos hacía tarde y dejamos el prometedor recorrido por su dehesa para otro día. Enfilamos de nuevo hacia la plaza del pueblo, donde se encontraban ya los pocos vecinos que quedan, en animada charla. Charla a la que nos unimos al reconocer en uno de ellos a un antiguo compañero de trabajo de mi padre. ¡Vaya cambio! De trabajar en Madrid capital a dejarlo todo e irse a vivir a un pueblecito perdido en los confines de la Sierra de Ayllón para cuidar a sus padres, sus vacas y sus huertas.
-Sitio precioso, único- nos decía- pero muy duro y abandonado. ¿Por qué si pagamos igual que el resto de los ciudadanos de otras comunidades no tenemos comunicaciones decentes, servicios, ayudas con la agricultura y el ganado?
-Porque -pensé yo- la Guadalajara rural, tanto sus tierras como sus gentes, están abandonadas.
En la zona de la Sierra Norte de Madrid, los alcaldes de los pueblos han propuesto crear una especie de escenario de “El Señor de los Anillos” para atraer aun más al turismo. Yo no creo necesario llegar a esto. Desde luego aquellos parajes son dignos de representar el marco de la historia más fantástica, pero esos pueblos (Montejo de la Sierra, Horcajuelo, Gandullas, La Hiruela, Puebla de la Sierra...) tienen buenas comunicaciones por carretera, restaurantes, casas de turismo rural, el Hayedo... El turismo que ya tienen es, en general, no masivo, respetuoso con el medio ambiente, tranquilo... Convertirlo en una Tierra Media sería atraer a elfos, valientes caballeros...sí, pero también a orcos y otros seres malignos que no saben respetar y sólo se mueven bajo el hechizo del poderoso anillo de la destrucción.
Allí se quedaron nuestras conversaciones...abandonadas también. Y allí se quedó la abejita montada en su alfombra de hoja de roble, que nos eligió para enseñarnos un trocito más de la belleza de estas tierras. Montamos en el coche y regresamos a la autopista, al atasco, a la ciudad...al mundo real.
Al cabo de las horas, sonó el despertador. Abrí lentamente los ojos y me di cuenta de que todo había sido un bonito sueño. ¿Una abeja montada en una hoja de roble? -¡por favor!- me dije.
Era lunes y tenía que ir a trabajar. Me arreglé, desayuné y bajé a coger mi coche. Estaba cubierto de una arenilla fina y rojiza, y alguien había dejado sobre el parabrisas una verde hoja de roble.