Jimera de Líbar es un pueblo de unos cuatrocientos habitantes. Pero nosotros no paramos en el pueblo, encaramado a una colina, pues por aquí pasó el seísmo de fronteras en aquellos siglos en que musulmanes y cristianos andaban a mandobles entre sí, y se conoce que desde la cima de un monte se defiende uno mejor que en un llano. Como no hay previsión de un ataque inmediato, nosotros nos albergamos en la estación de Jimera, aldea de una aldea, no sé, treinta habitantes quizá. El río Guadiaro a veinte metros de la casa y la sierra de Grazalema alzándose colosal al oeste. Esto tiene su importancia: el sol se pone tras la sierra, pero como nosotros estamos enclavados en un valle y las montañas tapan al sol dos o tres horas antes del ocaso, lo que se produce es un atardecer larguísimo, suave, donde el tiempo parece haberse detenido. Es momento entonces de acomodarse en el jardín, sacar viandas y disfrutar del vino y las palabras, escritas o habladas.
Los lugares reducidos concentran la atención humana: cualquier detalle es digno de mencionarse. El chiringuito construido junto al río, los eucaliptos descolgándose sobre las aguas y pujando por rozar con sus ramas la corriente, el viejo hangar de tren reconvertido en restaurante que unas señoras trabajan con escrupulosa cortesía, los gatos exhibiendo las perpetuas vacaciones en las que viven. Tres horas de atardecer, como una nube de tiempo que flotara por el salón de la casa rústica en la que nos han dado cobijo, con butacones mullidos y una barbacoa en el patio en la que fraguar pollos para la tropa.
Y anochece, por fin, a mediados de agosto, y decidimos subir al pueblo, a Jimera de Líbar, tres kilómetros de ascensión, para echarle un ojo a las fiestas patronales. Los lugareños han sacado a la Virgen de la Salud hace unas horas, en romería, mientras los gatos y nosotros escribíamos poemas invocando a la luna llena que ahora alumbra todo el valle y hace que Grazalema fulgure de blanco en sus picos más escarpados, con la Osa Mayor palideciendo ante tanto brillo lunar. Comenzamos la ascensión, guiados por esta extraña luz blanca de la noche, entre campos de olivos. La tierra es amarilla, la penumbra no es tan intensa como para denegarnos la percepción de las tonalidades del color. Los olivos son negros, ogros de brazos retorcidos que han sido sembrados por un gigante aún mayor que la sierra. Y los grillos van callando a nuestro paso, como una niebla musical que sólo se aprecia a distancia. A un lado, en uno de las revueltas que hace el camino, un rebaño duerme apretado. Las ovejas se sirven unas a otras de almohadones, pequeñas lunas durmientes bajo el cuidado de un perro también dormido, que ni siquiera despierta a nuestro paso. Paisaje mediterráneo, en definitiva: colinas, olivos, ovejas… sólo nos falta la promesa del mar para creer que estamos subiendo al Olimpo. Atenea puede surgir de detrás de cualquier olivo para amamantarnos con su proverbial sabiduría y respondernos la cuestión más acuciante: ¿qué se hace en una feria de pueblo?
Nos vamos acercando a Jimera, se escuchan de fondo ya los sonidos de la feria, de la orquesta de pueblo que interpreta pasodobles y canciones de verano para la gente, labradores la inmensa mayoría, gente de campo que se desabrocha el último botón de la camisa a la hora de acercarse a las mozas.
No sería elegante descubrir las interioridades de una noche de celebración, y menos de un lugar en el que nadie nos conoce y nos dedica las mieles de su tierra. Digamos que amanece después de unas horas, y nosotros descendemos con las claras del día. Atenea se ha marchado, el rebaño se agita reclamando atenciones, el sol no ha llegado al valle pero ya se pasea por los picos de Grazalema. La estación de Jimera, ganadora de un premio de Renfe a la mejor decorada, sigue viendo pasar a los trenes, sin prisa, las vías no son buenas y los maquinistas deben reducir a treinta, camino a Algeciras. El Guadiaro canta sus loas matinales, no entiende de días de guardar, y algunas señoras mayores se preparan para adecentar las puertas de sus casas y esperar al panadero, que vendrá con hogazas calientes en su vehículo de reparto.
Un paseo, una ascensión, que nos ha dejado cansados. Aún es pronto para sospechar que ese rato de veinte minutos, media hora, será un remanso de paz para la memoria en un futuro. Por ahora, y hasta que ese futuro llegue, lo mejor es recostarse y darse al sueño, mientras el fresco matinal entra por la ventana y los trenes mugen en su peregrinación hacia el Atlántico.