Ni quiero ni puedo despertar, doy una vuelta más en la cama, remoloneo y me acurruco. No quiero, no puedo despertar: estoy en la Acrópolis.
“He pasado lo peor, dejé atrás los puestos impúdicos de granizados después de la agotadora subida con una humedad insoportable y el más sofocante de los calores. Me han cobrado tanto por el refresco como por la cena del día anterior en la “Plaka”. Esta sensación dura pocos segundos pues la rampa hacia los Propileos yace a mis pies. La subo saboreando hasta el último de mis pasos y el fin de mi refrigerio. Y es que delante se expanden 2450 años de historia, pesada carga para casi cualquier hombro, más si cabe para la más efímera de las sensaciones: la belleza. Erguido ante la Acrópolis esta espontaneidad se hace interminable, lo que fue, lo que es y lo que será se unen en este momento en una sensación acongojante. El conjunto de la Acrópolis se mezcla en mi retina como los pigmentos de pintura de un cuadro y en este mismo instante yo me siento eterno.
- Sí – me susurro – en verdad se tenían que sentir aquí muy próximos a la divinidad.
Cuando giro hacia mi espalda y contemplo los caminos que conducían a lo alto veo a miles de helenos con sus túnicas y peplos de lino, una comitiva blanca de vivos colores. Su andar les conduce en procesión, las Panateneas, recorriendo la ciudad hasta dar su ofrenda a su diosa en el Partenón.”
Me vuelvo a girar entre sábanas que no son de lino.
“Prosigo mi lenta marcha. Me viene a la mente el sentido de una palabra, “bonito”, ¡qué simple adjetivo! Y sin embargo no me acude ningún otro que mejor califique el pequeño templo que surge a mi derecha, el de Atenea Niké , la victoriosa , con sus perfectas y armoniosas proporciones. Y a mi izquierda se levanta la Pinacoteca, antigua galería donde eran expuestas pinturas y se realizaban ciertas reuniones. Retomo mi parsimonioso caminar. Ante mí se elevan, ahora ya definitivamente, los Propileos haciendo de monumentales fauces que poco a poco me devoran. Pero ya hemos dejado suficientemente claro el cansino andar que nuestros ojos necesitaban y que nuestros pies exigían. Entonces, impresionado, entre las columnas de este grandioso portal atisbo una primera visión del Partenón. Mi mirada contempla atrás de nuevo, pienso en los engalanados atenienses subiendo en compactas hileras. Ellos al pasar por aquí se sentirán mucho más conmovidos aún: a los pies del Partenón verán la colosal estatua de Atenea Promacos y volverán como cada año a acordarse del su denodado escultor, de Fidias. Por desgracia yo no la veo, hace mucho ya que desapareció; qué cosas tiene el tiempo, ellos admiraban la obra y condenaban al autor, y ahora, cuando lo recuperamos, perdimos por el camino la obra. Atravieso decididamente los Propileos, su constructor, Mnesicles sabía lo que hacía. En estos momentos ya nada me detiene, solo tengo un objetivo..."
...Y ni muchísimo menos es ahora despertar. Me aíslo con la manta de los primero rayos del día y con un gruñido prosigo.
"Estoy a los pies del templo de la doncella, Atenea Partenos. Es en verdad monumental. A mi lado entonces oigo la voz de Fidias e Ictino: discuten acerca de los problemas que una obra tan grandiosa genera. Han llegado ya a la conclusión de tener que cometer irregularidades en el proyecto para que se vea regular, ser asimétricos para llegar a la simetría. Es el colmo de la perfección a través de la imperfección. Ahora sólo veo las ruinas que venecianos dejaron en un polvorín turco. Cultos comerciantes ávidos de ingresos contra otomanos que supieron respetar un templo ajeno durante siglos. Me concentro y vuelvo a ver el lugar como siempre debió estar. Admiro su ornamentación, las alegres y coloridas personas que hace unos instantes veía en procesión me saludan desde el friso de las Panateneas, en la fachada me sobrecogen los gigantes y los dioses en su lucha. En el oeste del templo bellas amazonas caen muertas a los pies de los helenos, en el lateral sur furibundos lapitas dan buena cuenta de borrachos centauros violadores. Al norte épicas escenas narradas por Homero y en el frontón a un lado el nacimiento de Atenea y al otro la lucha de ésta con Posidón por el protectorado del Ática. En cualquier rincón incluso en los de difícil acceso a la vista los detalles trascendían.
Pero no todo es Partenón. Al final de la acrópolis han habilitado un espacio como museo. Me asomo por el resto de las murallas y toda Atenas se muestra ante mí. Esta colina de fácil defensa fue antiguo asentamiento de la ciudadela micénica que seguía los parámetros de otros palacios de la edad de bronce. Me siento un poco como Egeo esperando la vuelta de Teseo. Su uso progresivamente se transformó adquiriendo mayor significado el elemento simbólico y el religioso aunque no dejó de tener nunca valor defensivo ya que, teniendo Atenas más colinas elevadas, ninguna se presentaba tan escarpada como ésta.
La ligereza de mis pies se recupera, he visto una cariátide expuesta en el museo. Me dirijo al Erecteion . Cuenta un mito que Erecteo hijo de la Tierra y criado por Atenea se convirtió en el primer rey de Atenas. Héroe tan importante tenía que ser vivamente recordado y en su memoria se levantó este templo, conjunto de santuarios espléndidamente unidos en un homogéneo estilo en donde se veneraban no menos de diez divinidades. Aquí se mostraba el hueco que Posidón realizó en el suelo con su tridente para que brotara agua en su lucha por la posesión del Ática con Atenea mientras que ésta ofreció un sagrado olivo que aquí también se encontraba. Tan afamada es su disposición, acoplándose maravillosamente al desnivel del terreno, como nombrada es su tribuna de las Cariátides, dónde las bellas esculturas sirven de elemento arquitectónico haciendo de pilares."
La vida no perdona y el sueño me va abandonando. Cierro con fuerza los ojos pero no logro dormir. Me doy por vencido. Me asomo al balcón. La plaza Sintagma me saluda; siento en mi rostro de nuevo el calor y la humedad de Atenas, su olor. Y es que ... ¿Cuánto hace que estuve allí?
Cinco años. Mucho tiempo como para no soñar.