LISBOA, la dignísima pobreza de Lisboa.

Las calles de Lisboa aún permanecen en el cascarón de las canciones que las han descrito, a caballo entre la melancolía y la belleza en estado puro. Nadie le ha quitado el precinto de garantía de polvo y exostismo a una ciudad que florece entre la Plaza del Comercio y la Alfama; allá arriba, donde se encarama el Castillo de San Jorge, en los atardeceres, cantan fados viejas ciegas que miran al sol y lo ven con la voz.


 

LISBOA: la dignísima pobreza de Lisboa. Artículo enviado por Angelcaido.


        Se suele decir que a las bellas ciudades les sobra el tráfico, pero esa afirmación es más cierta en Lisboa. Porque las calles lisboetas han sido hechas para ser andadas, transitadas con detenimiento, como el que pasea por sus recuerdos, y si echas a caminar desde la plaza de Restauradores hasta el Rossio o la misma Plaza del Comercio, donde sigue escribiendo Pessoa en forma de estatua, eres consciente de que ese momento lo vas a volver a evocar una y otra vez, cuando la distancia y el tiempo hayan intentado hacer mella en las imágenes que te ha dejado la capital portuguesa. Pero el olvido se va como vino; las piedras de Lisboa está sujetas con tristeza y con sorisas agridulces. Uno presiente que la Alfama se quemó hace unos quice años, no hace falta que nos lo digan los lugareños, esa gente que se mete en las tabernas a cantar fados y que existe a partir de una farola que se apaga, de una vela que da luz a la luz más tenue y de unas mangas de camisa que se doblan a sí mismas para gesticular cuando toque cantar que vivir es una locura de amor.

        Pero si no tienes dolor no vengas a Lisboa, porque sin dolor esto no se entiende. Esto lo ha levantado un ejército de tíos al borde del desasosiego, de vuelta de todo, sin más salida que edificar una bella ciudad que justifique lo vivido. Si no llevas cicatrices no vayas a Lisboa, no esperes que anochezca para meterte en la Alfama, en el Barrio Alto buscando fados, porque es un mundo en blanco y negro donde tu carne envejece con cada cigarro y donde todas las mujeres son tu mujer y, tu mujer, el resto de ellas. No entres en los clubes de fados, que los hay de ricos y de pobres, y en todos ellos te apagarán las luces, te encenderán las velas y comenzarán a rasguear las guitarras, las dos, la española y la portuguesa, que mantienen un idilio de cuerdas y acordes a la espera de que alguien, una sombra que ha crecido al amparo de un vaso de vino, se levante con una mano metida en el bolsillo y comience a cantar, ya lo hemos dicho, que el mundo es una locura de amor. La otra mano la reservan, lista para empuñar un sable inexistente con el que soltar mandobles y dibujar castillos en el aire de la noche.         

Entrar en Lisboa es salir con esperanza, pensando que otra existencia es posible, una existencia más honda y hacia adentro. La Plaza del Comercio es ancha y ajena y se levanta con claroscuros. Las plazas se pueblan de gentes que se descubren entre sí después de convivir durante años. El acento portugués es un idioma de marineros que regresan de colonizar la Historia, y ellos son un cruce de gallegos y extremeños que se han quedado en una mesa para exiliarse de las causas perdidas. Fuman tabaco negro y sonríen con sabiduría. No hace falta más. Da igual que haya calles de verano, tranvías antiguos que cruzan los raíles haciendo que chirríen las calles como grillos de metal. Da igual que en los rostros de los fados se esconda María la portuguesa, y da igual que en Lisboa no haya faro. El Tajo, o Teixo, mantiene un vaivén indeciso allá abajo, dejándose hacer por las mareas atlánticas, recuperando el terreno perdido cada seis horas. Y el puente del Veinticinco de Abril parece la última rabieta del hombre decadente que lo ha sido todo y que quiso demostrarlo antes de su ocaso definitivo. Y las aceras, que están hechas a mano, tesela a tesela: las mujeres resbalan en ellas los días de lluvia, los hombres resbalan a causa de las mujeres todos los días: en las aceras lisboetas florecen dibujos azules como rosas o como barcos, dependiendo de la inspiración del funcionario-artista. En Lisboa es en el único sitio donde se da el fenómeno del funcionario-artista. Y el Cementerio de los Placeres, que nos tienta con su engañoso nombre, y donde los ángeles de piedra coronan los mausoleos; en las tumbas olvidadas por las décadas vemos aperos de limpieza, un cepillo, un recogedor, como si también tras la muerte hubiera que seguir cumpliendo con los deberes de la casa. En el Cementerio de los Placeres trabaja un guarda que una vez vivió en Barcelona. También fuma negro, claro está, y nos cuenta su vida mientras le damos lumbre, mientras los caracoles se enseñorean de la tierra viva que vive gracias a la muerte que guarda en su interior, mientras lo muertos limpian sus tumbas. Esto es Lisboa.

        No vayas si no quieres quedarte para siempre. Si sabes que los años te caerán, desde entonces, haciendo que termines una década de éstas siendo el viejo que se levanta de la silla para entonar un fado que te explique ante los demás. Si no tienes dolores, no vengas a Lisboa, o sabrás lo que es dolor de haberla visto para perderla después. Como Pessoa, que se quedó para siempre entre tasca y tasca, desasosegado y borracho.

 


 

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