Una ciudad que lucha por su limpieza porque no la consigue es lo mismo que un corazón cándido que se siente inclinado sin remisión a lo que cree que es delito. El centro de Málaga es una calle sucia con el alma limpia y oliendo a pescado. Málaga tiene un río sin agua y muchos puentes, entre ellos el de Armiñán, que ostenta un nombre de mosquetero que siempre nos intriga. ¿Qué citas, qué pactos secretos tienen lugar bajos los ojos del Puente de Armiñán? ¿Regresarán los exiliados que se fugaron a Málaga?
En la Plaza de la Merced nació Picasso. De eso hacen reclamo turístico, aunque seguramente el pintor ni recordara este barrio, tan pronto comenzó su exilio. Sin embargo, nos dejamos llevar deliberadamente por el mito y visualizamos a un pequeño Pablo que correteara por estas piedras, ajeno aún a su propia genialidad. ¿Aquí comenzó el cubismo? ¿De qué modo se pueden visitar todos los rincones de Málaga a la vez? ¿Es Málaga cubista?
A su entrada (o su salida, según vayamos), hay un jardín botánico enorme, de nombre religioso. El bambú crece espectacular y la vegetación arraiga lejos de su terruño y haciéndose enseguida al suelo malagueño. Es una vegetación exiliada, por tanto, de modo que seguimos dándole vueltas a lo mismo, mientras caminamos entre altísimos árboles y tonalidades de verde que harían palidecer a un pintor. A Picasso, por ejemplo. En medio del jardín botánico hay un caserón semiabandonado en el que sospechamos novelones decimonónicos e intrigas familiares.
Pero Málaga es también una playa, claro está. Y es en invierno cuando debemos pasearla, porque una playa en invierno siempre tiene algo de obra en la que los albañiles se han largado al bar a pegarle al tintorro dejando la arena por medio, sin misión, sin criterio, una arena exiliada también del mar. Después vendrán los ejércitos veraniegos a adquirir sus morenos anti-estrés, pero eso es otro artículo, que lo escriba otro.
La Alameda, tan canovista, las ferias de libros y artesanías que se organizan en sus anchas aceras, los patos vagando a su aire, en total libertad, en su república particular blanca y emplumada, las estaciones de tren que recuerdan a la Atocha madrileña de principios de los ochenta, la judería malagueña que nadie conoce, que de hecho es transitada sin que reparen en que están en una judería de calles torcidas, rocambolescas.
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¿Esto es Málaga? Sí, claro, eso y mucho más. Eso, y un paseo matinal con el periódico local. ¿Qué dice el periódico local? Nada, pero se compran porque hace local y parece que uno así está más identificado, por ejemplo, con el castillo de Gibralfaro, que se alza a doscientos metros del mar, sobre riscos, y en cuyos jardines puedes tomarte algo mientras contemplas toda la ciudad: su catedral blanca se yergue como un hermano mayor que vela por la prole. Desde ahí arriba, ves el puerto y te imaginas arribando, con un día por delante hasta regresar a la mar, un día para visitar todas las tabernas de la ciudad.
¿Y no tienen vino? Por supuesto. De todos los colores, pero uno dulce que te puedes tomar en la antigua casa de guardia, que ahora es una taberna con barriles mayúsculos, o en El Pimpi, donde verás las firmas de Lola Flores y de Matías Prats garabateadas con tiza en las maderas. ¿Qué se come? Pescado, pero también tienen guisos y asados de caza menor: viven en el angosto pasillo que la sierra ha dejado ante el Mediterráneo.
El clima es lo mejor, si soportáis la humedad. Pero superar los veinte grados en diciembre y enero supone un argumento incontestable, máxime para los exiliados que vinieron del frío y que, antes incluso de adquirir el ansiado moreno, se van sumergiendo en el acento impronunciable y sólo entendido por los propios malagueños (casi diríamos que son bilingües). Málaga, por tanto, exiliada del invierno, vive de cruzar pescados con conciertos de música alternativa, de fusionar chiringuitos con Museos Picassos, de congraciar la más feroz especulación del suelo con los rojizos atardeceres de los que leen en las teterías. De momento, le va bien, entre palmeras y puestos de patatas asadas.