Por allí, por los inicios de la llanura del Jarama y las últimas estribaciones de Somosierra pasaron los musulmanes, armados y portadores de su civilización. Poco caso hicieron, más bien ninguno, a los habitantes de este pueblo. Y si a ellos no les hicieron caso estos a su vez no lo iban a hacer, desde luego, a los que por allí pasaban: no se esforzaron ni tan siquiera en tirarles unas cuantas piedras desde el cerro. Así que ellos siguieron en su mundo, independientes del resto, como un islote. Y prosiguieron en sus costumbres godas, eligiendo a su rey entre los más notables, entre los que más cabras tenían. Pobres, encima de cuidar del mayor rebaño tenían que hacerse cargo de los litigios de sus vecinos. Pero se esforzaban con recia diligencia, y sólo la muerte les libraba de tan pesada carga; después vuelta a empezar, no con la descendencia del soberano muerto, sino otra vez con el que más cuernos poseía.
Y fueron pasando los años, y los reyes. En este abrupto corte de un cerro, al lado de un barranco en donde un limpio arroyo alegraba con sus saltos a la concurrencia, la población se mantenía ignorante de lo que pasaba en Castilla, en Aragón, en Al-Andalus. Luego vinieron los Austrias, y ya hemos visto la familiaridad con la que los colegas de trono se trataban. Además, por aquella época, las Españas, tenían cotas más altas: ¿qué era un pequeño reino en comparación con el glorioso estado católico que en suelo patrio se diseñaba?
Pero llegaron los Borbones, y con ellos llegó la España, así, en singular. En sus inicios tuvieron la obsesión de poner primero su casa en orden antes que meter el pie y la pata en las demás. Llegaban a tanto sus cuitas que hasta aquí aparecieron. De esta manera Patones no podía ser menos que otros sitios como Cataluña, y su pequeño poso de independencia cayó. Cuentan entonces que se vio al penúltimo rey de este pueblo vagar por las calles de Madrid en busca de trabajo. Y bien digo penúltimo, que no ha sido un lapsus, pues vinieron los bonapartistas.
A los franceses, como anteriormente a los musulmanes y a los Austrias, se les olvidó darse una vueltecita por aquí. Bien, por esta causa a José I, el Bonaparte, no le quedó otra que compartir regencia con otro rey cabrero.
Pobre miembro de la Hacienda Real que, en mal momento, se le ocurrió pasarse por allí en busca de la pecunia estatal. Por mucho que corrió, por muy alto y muy rápido que subió nunca lo haría mejor que una cabra.
Pero llegaron las modernidades, a esto no se pudieron resistir. Partieron, abandonaron su cerro y se situaron en el camino que apenas unos kilómetros abajo, ya en la llanura, corría desde Torrelavega.
Ahora, lector y viajante, si esperas ir allí en la esperanza de encontrar antiguas murallas, viejas y nobles iglesias o palaciegas residencias de reyes que tuteaban a emperadores, desiste en tu deseo; ya hemos dicho que eran cabreros. Lo único con lo que toparás será con las antiguas casas, antaño refugio de rebaños caprinos y humanos, hechas en tosca y bella piedra de pizarra. Hace unas décadas fueron repobladas por ciertos artistas y artesanos, atraídos por la paz y la belleza que les rodeaba. Poco a poco ya no fueron únicamente las anárquicas higueras las que adornaron los muros: hermosas flores y gran diversidad de plantas se enseñorean ahora entre la pizarra. Las derruidas paredes de las casas se rehabilitaron con dedicación y mimo. Hoy por hoy sólo queda la belleza del lugar, pues la tranquilidad se ha tornado en un continuo bullir de gente curiosa, de viajeros de fin de semana.
Pero algún que otro descendiente directo de aquellos godos, o iría más lejos, de aquellos antecesores que con sus manos pintaron los rupestres dibujos que a escasos kilómetros adornan la cueva del Reguerillo, habita aun en el pueblo. Apenas son una docena. Ni te miran cuando pasas: son recios, de complexión fuerte y de profundos ojos azules. Y orgullosos, milenios siendo así, ¿es para estarlo?