Allá por el año 29 a. C. al princeps latino Octavio le faltaba algo para alcanzar su ansiada pax romana. Unos cuantos cántabros no pasaban por aquello de vestir toga, y a por ellos se fue, a convencerles de lo conveniente del derecho romano y, ya de paso, asegurar los buenos yacimientos de minerales que por allí proliferaban. Los pobladores de estas zonas se refugiaron en las altas cumbres del mons vindius, preciosa nomenclatura, mitad latina mitad céltica, para llamar este “monte blanco”, los picos de Europa. En el año 20 a. C. se dio por pacificada la zona; los orgenomescos, urinos, concanos, salenos..., todos los pueblos cántabros se dieron por romanizados.
A los ingenieros romanos sólo les quedaba trazar un camino para que esos yacimientos fueran convenientemente explotados y sus legiones tuviesen rápido paso, asegurando así el territorio. El plan era sencillo: atravesar todo el macizo central de los Picos, desde –permitidme ahora tomar nombres actuales- Liébana y Valdeón hasta la costa, hasta Llanes. Este camino se adentra en Sotres y Aliva, la cima de Pruvia, Portudera, para después descender hacia Arenas de Cabrales. Quien haya estado por estos lares dará fe de lo escarpado del terreno. Desde la portudera hasta el río Cares –para el romano Mela: el Saurium; de lo cual suponemos que a los ricos salmones y truchas se le debían añadir por aquel entonces no pocos lagartos- hay un desnivel de mil metros que los latinos solucionaron en apenas ocho kilómetros.
Por aquí hubo de pasar el otrora insigne Toribio Díaz Moradiellos, camino de Sevilla, para hacerse rico vendiendo vasos de agua a los sedientos sevillanos –famosos eran en aquellos tiempos los aguadores asturianos; uno se pregunta si no existían manos más cercanas para tan elementales menesteres-. Y de Sevilla, a su vez, tuvo que pasar por acá la imagen de Nuestra Señora de la Salud, camino de Carreña, regalo de Francisco Bueno de Bárcena -otro insigne- allá por el año mil ochocientos veintiocho, a lomos de caballería.
El camino que se interna en estas peñas se inicia en Arenas de Cabrales, punto de partida actual de numerosas rutas, desde la carretera que lleva a Poncebos. Hacia allá van los coches, nosotros nos internamos entre los castaños para comprobar la temeridad latina. El camino al principio no difiere mucho del resto de rutas próximas: roble americano de reciente plantación entre antiguos robles autóctonos, amasijos de avellanos y acebos, unos pocos nogales y mucho castaño -vivos que impresionan y muertos, barbudos de líquenes, que evocan con raras formas esplendores pasados y que fueron casas de rapacines en sus primeros juegos-. Las raices de los árboles nos ayudan a avanzar, haciendo de escalones naturales. Llegamos entonces al canal que de Poncebos trae el agua y proseguimos. El camino poco después se abre y tendremos suerte si aquí no pega el sol –ni lo intentéis con niebla, y si lo hacéis en verano, porfavor, madrugad-. Avanzamos por la ladera de la montaña y llegamos a nuestro primer hito, el collao Castiello, lugar umbrío de anchos y poblados castaños. Descansamos un rato, y pensamos en lo que hace apenas unos minutos nos dijeron en agradable conversación, induciéndonos a pensar lo flojos que somos: en un trecho que dejamos atrás, una mujer de generaciones pasadas –de camino al puerto, a dejar huevos para los vaqueros y
coger algo de queso para los de abajo- le llegó el momento de alumbrar a una criatura; ni corta, ni muchísimo menos perezosa, se introdujo en una de las cuevas –testigos de otro tipo de partos- para dar a luz a un sonrosado muchacho. Una vez echa la gesta, arreó hacia arriba de nuevo, bajo un brazo el crio y los paquetes bajo el otro. Con este ejemplo, presente en nuestra cabeza -que no en nuestras piernas-, proseguimos. Es entonces cuando bajo nuestros pies sentimos el paso de los siglos: regulares cantos, ordenados como sólo los romanos podían hacer, nos marcan el camino y nos conducen –no sin dificultad- hacía un final que no parece llegar; estamos en la calzada romana de Caoru. Y así andamos, y dejamos atrás otros muchos lugares y rincones fantásticos, primero entre encinas, después entre las primera hayas que aquí crecen diseminadas, con espacio suficiente para extender sus ramas y hacer de sus copas amables formas redondeadas. Si tuviesemos tiempo y si no nos hubiesen advertido, buscaríamos a la “Huostica” o al “diablo buryón”, miembros de la rica mitología asturiana; pero ahora sabemos que la primera es muy cobarde, y que sólo se aparece al abrigo de la noche para raptar niños vestida de gente próxima a la muerte, y conocemos que el segundo es un soberbio transformista que únicamente se muestra para alimentar su sed de travesuras.
Poco a poco sentimos el final de la ascensión, cerca, cada vez más próximo. En un continuo zigzag la calzada va cogiendo su mayor altura, conduciéndonos al Collado Tambrín. Desde aquí, hacia el este, alcanzamos la Majada de Humardo. Huelgan las palabras para alabar la belleza de los sitios que acontinuación visitamos, pues todas ellas son manidas y este artículo tiene una extensión limitada. Nuestro siguiente objetivo es Tordín, al que accedemos no sin dificultad. Es un buen sitio para saciar el hambre –que en gran medida nos hemos merecido-; manzanas, queso, agua y las conciliadoras vistas son las protagonistas de este justo reposo en el que nos viene a la cabeza esa alegre cancioncilla.
“Antrejano lleva el ramo,
Humardo lleva la flor;
en Tordín las buenas mozas...
¡ya lo creo que lo son!”
Ahora partimos hacia Tielve, hacia el sudoeste, por el collado Posadoiro, reencontrandonos con la calzada romana que sigue su peregrinar hacia tierras de León y Cantabria: el paisaje que se nos muestra es auténticamente demoledor y grandioso, con unas vistas únicas de la Peña Castil, del Picu de Urriellu... Pero ahora no tomamos la calzada, sino que descendemos hasta la majada de Valfrío y de allí hacia Tielve. Aquí nos recoje uno de esos coches que vimos pasar por la carretera de Poncebos. ¡Bendito progreso!
Continua en: PICOS DE EUROPA II. Arenas de Cabrales