Nunca podré explicarme cómo es que eso no se ha caído ya. Más de dos mil años, piedra sobre piedra, sin argamasa, simplemente sostenidos los elementos por cálculos que aquellos ingenieros romanos urdieron para levantar el acueducto. Y ahí sigue, enmarcando a la ciudad de Segovia, tan orgulloso y ajeno al tiempo como ninguno de nuestros logros lo estará jamás.
Huele a asado, claro, que toma la calle principal y se esparce invisible, lo mismo que esta sensación de domingo que Segovia no se quita de encima sea cual sea el día en que la visites. En los últimos años han aparecido rótulos numerosos, demasiados, que afean el asunto, pero después de una cerveza obvio los rótulos y subo las calles antiguas, camino a la parte alta, donde se recuerda a Juan Bravo, a los comuneros, a los Reyes Católicos jurando respetar los fueros de Segovia… Hay historia, por tanto, aunque esté en la estatua más que en el neón.
Calles con nombres de profesiones, tan propio esto de las barriadas con que arrancaban las ciudades. Una placa recordando a los defensores de la II República, algo realmente inesperado para mí en este lugar. Muchos lugares para entrar a comer cochinillo. Tantos, que en efecto uno cede y se sienta, y pide cochinillo; y si tiene suerte lo come sabroso.
La plaza de arriba es alta y en ella pasea el viento frío de la sierra, que parece vivir aquí. Se pasa del calor al frío de manera instantánea, pero si realmente quieres sentir el frescor de los siglos, tienes que entrar en la Catedral. Son dos euros, una caña y media, pero merece la pena porque las piedras te dejan vagar a tu antojo por capillas, frente al altar mayor, junto a las máquinas expendedoras de velas, dentro del claustro… y sobre todo en el museo catedralicio, donde hay mucha madera bañada en oro, y mucha lámpara fastuosa, y mucha vestimenta cardenalicia, y un salón de juntas que parece dudar entre ser sede de una reunión de Cortes medievales o de una sesión de masonería. Los cojines, comodísimos, aunque esté prohibido sentarse en ellos, por supuesto. Precioso el techo y los tapices de las paredes.
Y, aprovechando el impulso que el alivio de la Catedral ha producido en el cuerpo cansado de andar y comer, bajo al Alcázar, enorme, verticalísimo, como castillo de cuento. Se aprecia desde su altura la muralla de la ciudad, que ahora queda como algo turístico pero de la que dependían vidas como ahora lo hacen de los tipos de interés. Tajos, ríos, vegetaciones y un foso. Los musgos se alojan en el paisaje y en las fotografías de los turistas.
Hay un museo de la brujería, a la vuelta, si quedan fuerzas, donde se exponen las cosas más interesantes que estas buenas señoras tuvieron a bien protagonizar. Y una casa de hospedaje, donde al parecer se alojaba el bueno de Antonio Machado cuando bajaba a Madrid desde Soria. El jardín tiene hierros oxidados, las ventanas son crepusculares… no sé si es cierto que Machado pasó por aquí, pero sí que percibo que el lugar se convirtió en machadiano, quizá exigencias del guión del turismo, quizá la pura verdad.
Y esto es Segovia, la Segovia que yo he visto. Me dejo atrás un sinfín de templetes, de tabernas, de historias locales, me dejo atrás a los ciclistas, con Pedro Delgado a la cabeza del pelotón. Roma a Segovia, con la loba, con Rómulo y Remo. Y, oíd, que nos vamos de Segovia y el acueducto sigue en pie. ¿Cómo lo hicieron los romanos? Marte sabrá…