Ante todo quisiera dedicar estas líneas a una tríada de mujeres con esperanza. Hacia la primera: para que veas que no todo es como parece; que sí, que efectivamente se pueden hacer las cosas desde el corazón, y el tuyo es más que válido como para dejar de pensar de esta manera. Para la segunda, guía anónima: no conozco tu nombre, simplemente te escuché en mis cuatro visitas a este templo con atención creciente. Tú, ángel, mereces la aparente vida tranquila y serena que tu rostro y tu sonrisa muestra cada vez que hablas de tus amados tejos. Y para la tercera, que, en un ataque de irreflexión, sentose en el afamado banco de las casaderas; no sé si acertaría, pero haremos lo posible para que así sea.
-Sitúate, aquí, justo debajo de este alero. Ves las montañas, el pueblo, ¿oyes el río? Acompáñame ahora; con poco más de mil años te contempla ese inmenso olivo, y a tu espalda debes sentir la brisa de unas ramas de tejo con, puede ser, más del doble de vida. Ahí donde estás se reunía el pueblo entero a escuchar a sus druidas, cientos de años antes de que el primer monje rezara sus plegarias. Pero, no te demores, que las puertas se están abriendo y tenemos que entrar.
Cuenta la leyenda que allá por el año 920 el conde de Liébana, Don Alfonso, quiso construir una iglesia para que los restos de Santo Toribio de Liébana descansaran en sus lares. La iglesia se consagró en 925, mas faltaba algo: los huesos del santo descansaban en la vecina Liébana y, al parecer, a gusto. Esto no pareció importar al conde que, con unos esbirros suyos y amparado en la noche, se presentó ante la tumba armado de palas. Pero hete aquí que cavando –no se supo nunca si por castigo divino o por torpeza en la revuelta de las arenas- se quedaron ciegos. Huelga decir lo asustado que quedó el conde que rápidamente se volvió a sus dominios tropezando con cada bache del camino. Compungido ante la perdida de visión, rogó a los cielos la inmediata recuperación de su vista, a cambio haría una transacción con los de arriba: cedería todas sus posesiones. Y como esto siempre funciona con la Iglesia, recobró la valía de sus ojos.
La construcción es una muestra esplendorosa del arte mozárabe, enriquecida con elementos de arquitectura asturiana, situada en uno de los extremos del impresionante desfiladero de la Hermida, en Cantabria. Pasaremos por alto sus tres naves, sus arcos de herradura, sus volátiles columnas corintias con collarino y demás tecnicismos, ya sabéis que estáis en una web anecdótica. Lo que sí diremos es que es una de las muestras más bellas de arquitectura prerrománica junto con Peñalba de Santiago y un par de ellas más, y que tiene una cuantas joyas en su interior y exterior. Durante muchos siglos, como mesa de altar, se utilizó un antiguo disco solar de piedra que atestigua la asimilación de los primeros cristianos con los cultos paganos primitivos, los cuales durante años convivieron sin mayor problema; posteriormente se daría la vuelta al disco, cuyo reverso era plano, para olvidarse más tarde su contenido. Incluso en el exterior se repiten estos motivos celtas creados ya por manos supuestamente cristianas. Cuentan que en uno de los bancos quién se sienta se casará o encontrará pareja en breve. También hay una talla gótica de incalculable valor artístico que durante muchos años, tras ser robada, estuvo pacientemente esperando en un chalet valenciano hasta su recuperación.
Pero quizá el mayor de los tesoros son dos árboles que desde el exterior saludan a los forasteros, aunque dudamos que lo hagan de buena gana. Ya dijimos que el lugar del templo era anteriormente un lugar de culto druídico, y como costumbre tenían reunirse a los pies de arbustos para ellos sagrados, sobre todo robles y tejos. En este caso era uno de estos últimos. Cuando el conde Alfonso consagró la iglesia frente al tejo su esposa se entristeció mucho, ella era del soleado sur, y cada vez se sentía más solitaria y extraña. Su comprensivo esposo le pregunto el porqué de sus cuitas, a lo que la condesa le confesó sus pensamientos. Decidieron entonces plantar frente al milenario árbol un olivo, símbolo de su tierra. Y así, como muestra de amor pervive, asombrando a cada visitante que alza la cabeza para rendirle pleitesía.
-Salgamos pues a contemplarlos, que antes no les has prestado apenas atención. No puede haber nada mejor que sentir toda esa historia a tus pies y disfrutar de cada paso que demos por este lugar tan cercano a los dioses. Pero... ¿qué haces?... ¡Coño! Deja la puta rama de tejo en su sitio.