ACABO EN EL CABO (DE GATA).

Y después de todo, nada. ¿Es cierto, José Hierro, insigne poeta? Vayamos por partes. El sol se alza sobre la costa almeriense prometiendo un día de aventuras stevensonianas, sobre las mismas aguas que un día atravesaran los fenicios, ese pueblo de mar que vino para que 3.ooo años después en Cádiz hubiera chirigotas y Teatro Falla y Caleta. Pero antes, pasaron por la costa de Almería y Granada, trufándolo todo de poblaciones sembradas de equis en sus nombres. Las recorro, como el colegial que une puntos a ver qué dibujo le sale.

Tabernas en Almería, calor, una catedral poco lucida en la que cobran dos euros por entrar (si entráis, me lo contáis), y una carretera que sigue, bajando a ras del mar, despoblándose, jalonada por vegetación preparada para pasar sed, para aguantar sin agua: tallos delgados, hojas como agujas, testimonio irreductible de la tozuda vida. Las montañas no se acaban, amarillas, peladas, abultadas como un capote que un titán hubiera lanzado de noche desde el mar, dejándolo en tierra arrugado, con bultos y formas juguetonas.

La playa de Gata, una vez pasados pueblos en los que uno no se atreve ni a bajar la ventanilla para lanzar el cigarro (son cuatro puntos del carnet, pero puede ser tu brazo, amigo, el que se quede descuajaringado). Y una playa en la que apenas hay nadie. ¿Eso es posible? Unos cuantos hippies se muestran en toda su pompa, preparados también, como la vegetación de antes, para sobrevivir con poco o nada. Tampoco bajo la ventanilla, por si acaso, porque son hippies más bien ancianos, y desconfío mucho de alguien que ha llegado a esa edad en tales condiciones. ¿Quién sabe qué hábitos alimenticios habrán desarrollado después de lustros apartados de las muchedumbres? ¿Son sabios, o lo que aparentan, o todo a la vez?

Una iglesia en ruinas exhibe un cartel de obras que dice: «1907-2007, cien años dando ejemplo. No sé cuántos mil euros en reformas». Y parece que, por lo adelantado del proyecto, otro siglo espera a las citadas reformas. Benditos sean los albañiles, que igual llegaron hace décadas y son los hippies que salpican ahora la playa, reconvertidos a la hermana naturaleza y ajenos a crisis y vaivenes del tiempo.

Pero la carretera sube, más allá de un bar en el que el último hielo se debió derretir más o menos cuando inauguraron la iglesia. El camino sube, sí, a un diez por ciento de desnivel. Apago la radio, suena el viento: Sierra de Gata. No hay nadie, y menos mal, porque parece que ni siquiera el esforzado Peugeot cabe a duras penas por la carreterilla. Y entonces, la señal: el camino se estrecha. ¿Cómo que se estrecha? ¿Más? ¿Es eso geométricamente posible? ¿Cómo pretenden que pase, desguazando el coche y cruzando el alto pieza por pieza? Y todo esto, en una vía de doble sentido. Si alguien aparece, acabaremos batiéndonos como cabras montesas por el derecho de paso. Pero tengo suerte, prosigo a diez por hora, despacio, en segunda, y veo cómo el desfiladero se abre a mi derecha. Hitchcock no lo habría hecho mejor.

Sobrevivo. Y la carretera acaba en un simulacro de aparcamiento. Bajo, enciendo el cigarro pese al viento. Cuatro tiendas de campañas a los pies de una escalinata y unos carteles hablando de la fauna y flora del lugar. Las cremalleras de las tiendas de campaña se abren y cuatro señores bajo un flequillo salen a gatas, como el Cabo. Repaso el cartel, pero de éstos no hay constancia en el apartado de fauna; tampoco en el de flora.

Subo la escalinata y, en efecto, ahí está el Faro, desvalido, solitario, algo orgulloso sobre los riscos y las mareas, pero sin un Julio Verne que le dedique una historia, un capítulo, un personaje, nada.

Fumo frente a los arañazos blancos que el mar salpica. Las mismas aguas de los de Fenicia, los que vinieron con la sal, el alfabeto, el comercio. Los que trajeron el dinero y las primeras cartillas Rubio. El Mediterráneo se abre en un ángulo de más de 270 grados, como un abrazo de agua que quisiera atrapar a la tierra, celoso de otros quereres. Y no se escucha más que el viento y el agua abajo, y ambos conversan mediante una cantinela de bramidos y chapoteos, en otro idioma, el de las cosas primeras. ¿Es el idioma de los antiguos, cuando pasaron camino a Cádiz? ¿Es la canción de Serrat en fenicio?

Aquí, en el fin del mundo, después de todo, en efecto, nada: una nada azul que a José Hierro habría cautivado del mismo modo en que lo hechizó el Cantábrico. ¿Qué tiene el mar, qué es este impulso élfico que nos mueve hacia esa inmensidad? Quizá es cierto que salimos de ahí, echándole pulmones al asunto.

Ahora, a bajar de nuevo la afilada carretera, a tornar grupas camino al teclado, a peregrinar hacia la civilización y la barbarie, valga la redundancia.

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