ANÓNIMO VENECIANO
28 Ene 2010, por Nes Cine 2 Comentarios | 382 views
Esta tarde entre plomiza y lluviosa, y a medio camino entre el Desván y La Revelación, entre el relato y la reseña, me he decidido por fin, a hablaros de una de aquellas películas de las que ya casi ni me acuerdo. Más que de la película en sí, recuerdo sensaciones: una melodía, los personajes que la conforman, que seguro que con el paso de los años los he ido transformando y adaptando a mi antojo….y puede ser que ni siquiera sean realmente parecidos a los que conocí cuando no llegaba ni a la veintena de primaveras, puede ser… Solo sé que la recuerdo, que me hizo sentir y que marcó parte de mi juventud, sé que llegó hasta donde muchas no habían llegado, y por eso, esta tarde la he querido compartir… y la quiero compartir a mi manera, transfigurada con el paso de los años, ni siquiera la quiero volver a ver. Quiero compartir ese poso algo amargo y nostálgico, ese poso de invierno mal curado, solo quiero escribir lo que recuerdo, de manera franca os lo aseguro, para que a través de mi transfigurado reguero de memoria, podáis sentir, por lo menos un poquito de lo que yo siento… si queréis la sinopsis, San Google os la traerá…
Año: 1970. Dirección y Guión: Enrico Maria Salerno. Banda sonora: Stelvio Cipriani
Historia de amor ya contada en muchas otras ocasiones, y que seguro que se seguirá contando… historia de fracaso, de soledad y desamparo, eso si, enmarcada de maravilla, puro sentimiento acompañado de una melodía ligera e inolvidable…
Así es como yo lo recuerdo a él, protagonista de este poema en forma de película, no se realmente cómo ha llevado el pasar del tiempo o si fue realmente así; os presento a Enrico, él es Venecia y Venecia está en él. Y como ella, que se hunde poco a poco en el mar de manera inexorable con el paso de los años, él muere poco a poco, también de manera inexorable, con el paso de los días:
«Camina con un andar como cansino pero acelerado, su cuerpo encorvado como para protegerse de la humedad de la mañana de las calles de Venecia; gabardina apenas abotonada y el cinturón de la misma dando saltitos en los costados… cigarrillo en la boca, eterno…, de los que saben, pues no le hace falta las manos para controlarlo, las lleva enfundadas en los bolsillos; y el cuello, subido hasta su máxima expresión, como queriendo parar entre eso y su media melena, el frío que atenaza sus orejas…
Mientras, sumergido como va en sus pensamientos, apenas repara en la gente que deambula a su alrededor, de los que más de uno y más de dos, al pasar a su lado, le saludan con un amable “buenos días, maestro”, a lo que él responde casi sin darse cuenta ni por aludido, con un buenos días casi silencioso, para sí mismo, acompañado de una leve inclinación de cabeza y una media sonrisa apagada… De lo que sí se da cuenta como cada mañana es de ese olor a salitre y combustible que acompaña de manera perenne a las grises calles de Venecia, su ciudad; es verdad que nada más levantarse de la cama, ese olor le provoca arcadas, lo tiene hundido en sus entrañas y le acompaña por las mañanas sin descanso, casi puede jurar que en vez de sangre, corre por sus venas esa mezcla entre agua del mar y petróleo…
El Adriático en su sangre, y esa melodía en su cabeza, incrustada en su alma desde hace demasiado tiempo… Él, director de orquesta semi fracasado, va a cumplir por fin, uno de los pocos sueños de su vida que ha llegado a ver realizado, estrenarla en Venecia bajo un título vacío que lo dice todo… Anónimo veneciano… El otro sueño cumplido, haber tenido un hijo, que aunque casi sin conocerlo, es suyo; llevará impreso para siempre parte de su melodía.»
Y esta es ella, Valeria, el reverso de la moneda… y así ha envejecido su personaje dentro de mi memoria:
«El camino de vuelta a Venecia, se le hace largo y tedioso, vuelve después de tres años fuera de ella. Aunque se lo niegue una y mil veces, a ratos, hasta la echa de menos… -¡no!-, se repite una y otra vez, – estaba harta de esa ciudad, húmeda, fría y gris, y además ese olor insoportable-, que solo desaparecía en lo más frío del invierno, cuando casi no podía salir de casa…
Vuelve para ver a Enrico, su ex marido, bueno, oficialmente aún no, sigue siéndolo aunque tiene la esperanza de que este viaje, a la par que aburrido e incómodo, sea fructífero. Tiene la esperanza de que por fin, le conceda el divorcio tan ansiado… al fin y al cabo, ha rehecho su vida, con otro hombre… mucho más hombre que él, eso seguro… y aunque compartan un hijo, el niño ya llama a su padrastro “papa” y no se acuerda de nada. Solo tiene una duda que le corroe por dentro, ¿no querrá Enrico, pedirle la custodia?…- Él no es así,- se dice,- sabe lo bien que ahora vivimos que tenemos una estabilidad que nunca tuvimos, que el niño va a un buen colegio allí en Roma… que somos felices…
De todas formas, se sorprende a sí misma pensando que si él no luchase, la decepcionaría; -“¿por quién quieres que luche, por su hijo o por ti?”- se pregunta en silencio mientras mira sin ver a través de la ventana del tren…
Espanta esas elucubraciones pensando en su nueva vida. Ahora es sofisticada, va a la moda, tienen amigos importantes con los que hablar de mil cosas, con los que salir y pasarlo bien. Su futuro marido se gana bien la vida, es un buen hombre y trata bien a su hijo, como si fuese propio…
En cambio Enrico… era la improvisación personificada, un niño adulto que soñaba con imposibles… se pasaba el día tarareando canciones, sobre todo una… intentando componer y a la espera de esa oportunidad que nunca sería para él. Ella se hartó de Venecia, de la humedad, de la estrechez de sus pasadizos, del frío y del olor; se hartó del misterio y de la magia de una ciudad en la que ya no creía… dejó de gustarle el gris, a pesar de que como decía su marido, tenía muchos matices. Por fin, harta como estaba de vivir al día, de los macarrones con tomate, un día sí, y otro también, cansada del vino barato, decidió saltar, pero no al vacío, que es donde estaba…
Al ver aparecer por la ventana el contorno conocido, ya cerca de su destino, se asusta al sentir esa punzada de dolor que siente en la boca del estómago… le aterroriza la nostalgia…»
Y aquí, dejo por fin de contaros, no sé, os lo dije antes, si al ver la película, los veréis así o no, no quiero ser pesado pero os repito que es lo que me ha quedado con el paso de los años, y he creído, que era la mejor manera de reseñar esta película. A partir de aquí, el cómo se entrelazan lo dejo a vuestra imaginación, o por qué no, si algún interés os ha despertado, podéis ver la película y me la contáis, yo me niego a volver a hacerlo, el recuerdo ya me llena, pero estaría encantado de escuchar vuestras sensaciones.
Tags: amor, anónimo, desamparo, Enrico Maria Salerno, película, poema, soledad, veneciano












29 Enero 2010 a las 1:35 pm
Joder, Nes, te aseguro que leyendo el artículo como lo he leído, escuchando a la vez de la música de la película, te entran ganas de verla, y muchas si no la has visto.
Felicidades! Si la viese te comento.
30 Enero 2010 a las 11:03 am
Hola Zen,
Muchas gracias por el comentario!!, es lo mejor que podía leer, que he conseguido que te entren ganas de verla… si al final lo haces, me cuentas como ha envejecido la película, tengo la sensación que es como esos clásicos que se pueden ver una y mil veces, pero no estoy seguro.