ARACNE, la semejanza con los dioses
30 Sep 2009, por Asia Mitología 7 Comentarios | 1,069 views
Aracne no era ni muy guapa ni muy fea, ni muy alta. No era ni siquiera descendiente de ningún rey, dios o héroe. Era solamente una muchacha lidia, hija de un tintorero local y de una madre anónima. Y no es –en nuestros tiempos– famosa por asunto amoroso alguno, ni siquiera por saber bordar como jamás nadie lo hizo, sino que lo es por el ejemplar castigo al que fue sometida por su orgullosa presunción.
Aracne tejía vestidos de vivos motivos, y cuando digo vivos es que, en verdad, competían con la realidad. Bordaba tan eficientemente que, mientras las manos más avezadas y diligentes sólo eran capaces de introducir cincuenta hilos por pulgada, ella hacía sus trabajos con más de cien. Aprovechaba el oficio paterno para teñir sus hiladas con los mejores colores, traídos de Fenicia. Las ninfas de los alrededores acudían todos los días a contemplar maravilladas aquellas obras de arte. La aplaudían, alentaban sus logros, y la decían todo tipo de halagos y parabienes. Pero no todos eran bien recibidos, y lo que para cualquier persona eran cumplidos, para ella estaban próximos al insulto. Así cuando la decían «ay, Aracne. Tus trabajos son dignos de un dios, y comparables a los de Atenea», ella se enfadaba mucho, creía ser mucho mejor con la aguja que la diosa.
Un mal día, ante estas palabras, ya no pudo más y se proclamó a voz en grito más sabia en sus menesteres que Atenea. Su osadía llegó hasta tal punto que retó a la diosa a una competición de tapices. Poco después pasó por allí una viejecita de aspecto tierno y venerable, vestía de negro y en su andar se ayudaba con un firme cayado. Se abrió paso entre la multitud que se había congregado y se fue directamente ante la presencia de Aracne. Con prudentes palabras, y un tono de voz dulce y enérgico a la par, le advirtió del peligro que corría por su falta de humildad y la apremió para que se retractara. Viendo que Aracne no le hacía ningún caso, la conminó bajo pena de un terrible castigo a su osadía y soberbia. Pero, en definitiva, nada parecía convencer a la muchacha.
En su terquedad estaba Aracne, y no se movía de su férrea postura, cuando los canos cabellos de la anciana se tornaron lisos y brillantes, su cayado se transformó en una lanza, sus oscuras vestimentas se tornaron blancas y su achacoso cuerpo se espigó alcanzando un porte imponente. La que ahora tenía ante sus ojos la muchacha era la mismísima Atenea, la inventora de la rueca, la protectora del arte del tejer.
Ahora bien, Aracne, aun teniéndola delante, no se detractó de lo dicho, sino todo lo contrario. En su soberbia animó a la diosa a demostrar que, efectivamente, tejía mejor que ella misma.
De esta manera empezó la contienda de hilos, la lucha de ruecas. En un rincón Atenea se afanaba en su tapiz, representando en él su victoriosa lucha con Posidón por el Ática; acompañaban a este motivo –por si cabían dudas- cuatro escenas de mortales castigados por menospreciar a los dioses. En otro ricón, por su parte, andaba trabajando Aracne; era el suyo una bella obra que mostraba –por si también cabían dudas- a dioses metamorfoseados y en ridículas poses persiguiendo los amores de humanas criaturas. Cuando los tapices ya estaban acabados y era evidente la perfección del desarrollado por Aracne, Atenea la emprendió a golpes con su oponente. Tan fuertes eran, y tanta su vergüenza, que corrió al otro extremo de la habitación y, aprovechando un respiro de la diosa, lanzó una cuerda a una viga. Con sus eficientes manos hizo rápidamente un nudo y se ahorcó, dando fin a su deshonra. O al menos esa era su intención, pues no contaba con los planes de Atenea quien concibió otro fin para la colgante. Detuvo su inminente muerte, transformando la soga en fina seda y a ella en un pequeño ser negro con varias patas. Y la castigó eternamente a tejer y a tejer su tela, a vivir en ella y a alimentarse gracias a ella.
Así, cuando veamos una araña, descendiente de aquella Aracne, recordaremos lo caro que puede pagar uno aquella hybris griega, la soberbia y el orgullo.
Tags: Aracne, Atenea, dioses, Mitología, semejanza, tapiz












30 Septiembre 2009 a las 4:20 pm
no quiero ser presuntuoso como aracne y supongo que sera un despiste pero por favor alago y habrio duelen la vista…por lo demas enhorabuena por tu blog.
30 Septiembre 2009 a las 4:36 pm
Gracias, Juan. A ver si me lo corrigen en breve desde la administración.
¡¡¡Chicos, mirad lo que me han dicho!!!
30 Septiembre 2009 a las 4:48 pm
ya está, arreglado. Culpa del translado, Asia, de la antigua LR a la nueva: se desplazó la “h” hacia abajo. Gracias por el aviso, Juan.
3 Octubre 2009 a las 8:09 pm
Un artículo precioso, Asia. Lamento no haberlo comentado antes, pero es que acabo de descubrirlo.El mito es atractivo, pero yo no siento ningún amor a las arañas, y más si son negras, peludas y se dedican a bañarse en tu piscina cuando tú precisamente quieres entrar…ejem!
Por lo demás, me ha gustado mucho leerte. Un abrazo!
4 Octubre 2009 a las 8:29 pm
El artículo es la caña, Asia.
Las arañitas de mi casa son capturadas y trasladadas al exterior que bastante tiene ya la pobre Aracne como para pegarle un zapatillazo.
5 Octubre 2009 a las 7:12 pm
Zen, es que tú no has visto las mías de Javea…Son descomunales. Aunque reconozco que suelen ir a su asunto, o sea, a tejer y a comer otros bichitos, mientras no les pongas la pierna por en medio, ¡jajaja!
6 Octubre 2009 a las 12:54 am
Es que esas ciertamente no son malas y no ves ningún otro bichito en la casa. Yo las recuerdo en casa de mi abuelo en la campiña francesa y como me decía: “Esas no hacen nada”. Mi madre, claro está, las hacía desaparecer cual Tamariz.