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AUTOR: Angelcaído |
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FECHA: 26-06-2007 |
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Los domingos por la tarde los metros de las ciudades se pueblan de ejércitos de ociosos que regresan pronto a casa. Callados, en contraposición con las algarabías de la mañana, esas personas ya llevan en la mente el sonido del despertador que ha de levantarlos en pocas horas para volver al trabajo. Hay distintos lunes. Están los lunes de los funcionarios, que deben de ser una especie de vuelta a la misma broma, a una habitación que tiene paredes como las de un huevo, como un útero. Es un sitio seguro el lunes funcionarial, forrado de sueldos fijos y de una tranquilidad que sólo ellos conocen. Los lunes del resto de trabajadores, ese volver al lugar en el que no se quiere estar. Nadie, apenas nadie, disfruta trabajando. Pero hay que tener dinero, hay que hacer cosas que no se harían por gusto, sino porque hay que llenar el frigorífico, hacer frente a las facturas del agua y pagar la casa. Habrá trabajadores siempre que haya deudas. Y necesidades que no son tales. Los lunes escolares. El niño aparenta no entender nada, para que le dejen seguir siendo niño, pero comprende todo. Sabe que acudir al colegio es una obligación, percibe la inutilidad de las horas perdidas y calla, al igual que ve a sus padres callar tantas otras cosas y asumir las incoherencias como el que asume que llueve cuando tiene que salir de casa. Y están los lunes de los parados, que se nos antojan parecidos a un lienzo en blanco que el artista en paro, o el parado presto al arte, ha de rellenar pincelada a pincelada, hora a hora. Inventarse un lunes, una semana, una vida de quehacer donde no hay nada que hacer. El parado se levanta, escucha los sonidos de la calle, que revelan la actividad de los otros, el planeta laboral, y comienza la tarea de hilar las costuras de la nada. El parado odia el lunes porque es cuando recuerda que está parado. Un sábado por la tarde, un domingo por la mañana, todos excepto los camareros somos más iguales, pues el ocio nos une. Pero comienza la semana y separa, como en un juicio final, a diestra e izquierda, a los que trabajan de los que no lo hacen. Y ninguno de los dos grupos es feliz. La prosperidad de una sociedad se mide por la forma en que afronta los lunes, que suponen una radiografía de la miseria. Queda la podredumbre al descubierto en un día en que ni los resultados de la Liga ni las diatribas políticas nos abstraen de este chute de realidad, de esta sobredosis de hastío.
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