NAUSICAAH DE GRANADA



AUTOR: Capayespada

FECHA: 18-05-2007

Serían cerca de las doce o, más propiamente dicho, las veinticuatro. Casi al borde de esa línea imaginaria del tiempo sobre la que un día termina y otro comienza a nacer en el juego repetido de la sucesión ilimitada de las horas…, de los años y aún de los siglos, cuando ocurrió el encuentro . Fue en una noche de verano, una noche clara y calurosa como suelen ser casi todas las noches de esa estación en Granada. Venus , lucero del alba , estrella de la tarde , brillaba allá en lo alto del firmamento, más grande y más espectacular que nunca, rodeado como un dios-rey de multitud de siervos convertidos en puntos brillantes de luz, unos mayores que otros, irregularmente repartidos en el techo de la tierra, inmóviles y como clavados en el inmenso cielo. ¡Tantas estrellas juntas!, como hacía años que no recordaba haber contemplado, dando claridad natural a la oscuridad casi vencida de aquel lugar que me acogía, conformaban un espectáculo cautivador.

El entorno de los maravillosos jardines granadinos del Generalife dan amplitud y reposo al enorme recinto arquitectónico y solariego sobre en que se acomoda la Alhambra. Todo allí, en ese espacio físico, al rumor de las fuentes árabes y del suave viento del sur, es majestuoso y como de cuento oriental en el que Serezade habita en las mismas leyendas que inventa, una tras otra y para salvar la vida, cada noche ante un cruel Sultán que anula su libertad por capricho. Y al instante, también, qué evocación de los cuentos del neoyorquino Washington Irving .

Me encontraba sobre una zona elevada de los jardines que circundan el gran palacio árabe, junto a un árbol enorme sobre el que me apoyaba de la manera más cómoda posible, mi espalda sobre su tronco fuerte y ancestral, y más abajo, sobre un escenario entarimado y construido para la ocasión en una amplia explanada, una orquesta sinfónica desgrana paso a paso la maravilla musical de la octava sinfonía inacabada, en sí menor, de Schubert. Un numeroso público sentado sobre sillas dispuestas a tal efecto frente a los músicos de rigurosa etiqueta, escucha el concierto respetuoso y un tanto encopetado para mi gusto. Eran los festivales de verano que habían llegado a la ciudad andaluza. Y así, aquel recinto envuelto en aquella música, se volvía bienestar para el espíritu y poesía sonora en el aire cálido que todo lo inundaba. Paz para el alma, instante que se desea perpetuo por desear lo imposible.

Tras observar el estrellado cielo un instante, mi mirada que volvió al entorno próximo, la encontró . Morena de mirar suave, parecía embaucada por el fulgor de la noche de luna clara y la brillantez de la melodía que sonaba en una interminable sucesión de acordes perfectos, cadencia mágica de unos dioses de la noche que jugaban a ser, por un instante, solamente músicos. Pero, ¿quién era aquella mujer tan bella? ¿Qué diablos hacía a mi lado, así, tan de repente? Por su atuendo parecía más bien salida de un baile de disfraces, quizás de otra época diferente a la mía, a la actual. Por su belleza morena bien podría ser oriental, árabe; por la expresión de su tez, bien estar serena, en calma pero a un tiempo triste. ¡Qué ganas de acercarme a ella!, de preguntarle quién era, qué hacía allí como llegada de otro tiempo anterior, de otro mundo diferente… ¿qué o quién había dispuesto ese encuentro?, pero me contuve. Respeté su silencio y aguardé mejor momento para dirigirme a ella e interpelarla.

La gran orquesta sinfónica, siguiendo obedientemente las indicaciones del director, enjuto y de larga cabellera blanca que se movía incesante con movimientos sincopados que traducían en gestos los signos musicales del pentagrama a interpretar, continuó haciendo música ininterrumpidamente, inundando la noche de sensaciones fantásticas e inolvidables; mientras yo, de reojo contemplaba a la joven mujer misteriosa que la casualidad o el destino había querido acercar hasta mi presencia, al tiempo que procuraba compartir el instante musical con su belleza extraordinaria. ¡Sus ojos!; si, ¡sus ojos!, había algo en ellos que no acertaba a adivinar con claridad. La noche, aunque muy clara, y cierta distancia que nos separaba, además del disimulo natural por mi parte ante una situación así, dificultan grandemente la observación necesaria para comprender qué encerraban sus ojos.

La octava sinfonía inacabada en sí menor, de Schubert concluyó. La gente puesta en pie aplaudió fuerte y largamente. Los músicos, igualmente en pie, haciendo piña junto al director que se había vuelto hacia el público, saludaban cortésmente. Los aplausos se prolongan durante varios minutos. Yo giré entonces a mi izquierda, hacia la dama misteriosa, jovencísima, y la contemplé largamente frente a mí. Y de repente, el milagro. Me miró y sonrió leve y dulcemente: -Noto que te ha gustado el concierto- me dijo en un tono de voz suave, como brisa marina que acarició mis oídos. –Sí, me ha gustado, ¿y a ti?- Pregunté sorprendido por su afabilidad hacia mí, como si ya me conociese de otra pasada ocasión . –Naturalmente. Todos los años bajo aquí por estas fechas para escuchar los conciertos que se organizan desde hace ya algún tiempo. Siempre tocan algo de Schubert, ¿sabes?, siempre, y ya he sido capaz de comprender su música- , y su rostro se me antojó triste sin razón aparente.

Dios mío, en ese instante vi mejor sus ojos, esos ojos que me miraban abiertos de par en par, que me inquietaban. Las estrellas brillaban ahora en el cielo más que nunca; parecían luces poderosas y cercanas pese a su lejanía. La noche se volvió blanca, como nieve virgen, por un momento. Sus ojos, verde esmeralda, ante mí. En ese instante los contemplé a la perfección, me miraron de una manera irresistible, pero encerraban algo extraño que no acertaba a distinguir. Me tendió las manos y susurró: -Por favor ayúdame a bajar a Granada-. Sí, entonces sí, todavía la noche era luminosa y me di cuenta, entonces me di cuenta. Lo entendí todo en un instante. Ella me necesitaba para bajar a Granada; no podía ver…, era ciega, ¡oh, Señor, era ciega! Le di mi mano y le ayudé cuidadosamente hasta llegar algo más allá de la entrada de los jardines. Ya sólo una estrecha calle en cuesta descendente nos separaba, prácticamente, del tumulto de la ciudad, Cuesta de Gomérez hasta la Plaza Nueva, acceso a la Carrera del Darro. En ese recorrido no cambiamos palabra alguna, sólo la noche nos susurró su brisa sureña de verano. -Volveré a verte otra vez?- Le pregunté entonces inquieto, expectante. –Mi nombre es Nausicaah, Nausicaah de Granada. Me verás mañana mismo si vuelves a este lugar al mediodía- Me dijo. –Volveré mañana mismo. No dudes que volveré- Contesté turbado. La contemplé descender calle abajo con enorme rapidez, como si no caminara, como si sus pies no rozaran siquiera el suelo, como si flotase levemente ante mi atónita mirada, levitación sublime e incomprensible. Caminó o acaso se deslizó muy aprisa hasta perderse entre la gente que paseaba por la ciudad de un lado a otro, aparentemente sin rumbo fijo, disfrutando la noche serena de Granada . “Debe vivir cerca; sí, muy cerca” , concluí para mis adentros. “Conocerá el camino desde aquí sobradamente” . Y con estas disquisiciones conmigo mismo regresé al hotel donde me alojaba a esperar que el mediodía próximo llegase con prontitud.

Ciega, ¿por qué ciega?, ¿por qué ella, Dios mío?..., pero ya era tarde para explicaciones o respuestas sobre todo aquello, sobre una realidad tremenda, injusta a todas luces. Ya era muy tarde, ¡ya me había enamorado irremediablemente!, de su voz suave, envolvente y acariciadora, de su figura majestuosa, de su rostro deslumbrante, de sus manos blancas y perfectas… Me había enamorado de aquella joven bellísima y misteriosa, de aquellos enormes ojos de color verde esmeralda que aunque no pudiesen ver, llevaban consigo la eterna luz de la vida y del amor. Con el corazón acelerado y mis labios repitiendo una y otra vez: “Nausicaah, Nausicaah de Granada” , me quedé dormido en mi habitación, exhausto y acaso con calentura, porque la frente me ardía y mi cuerpo temblaba como una hoja ante un viento brusco y cambiante.

La mañana llegó, y ya pasada la fiebre, me dispuse para la deseada cita. En una carrera apresurada volví a los jardines del Generalife, -la Alhambra majestuosa, desde la Torre de la Vela al Patio de los Leones, desde el Palacio de Carlos V a la Torre de Comares, fue testigo silencioso de lo ocurrido. Yo no miento, preguntadle a sus sabias y viejas piedras, y ante su respuesta encontraréis concordancia en el relato-, al mismo lugar del encuentro de la noche anterior.

La plataforma entarimada para la orquesta, abajo en la explanada, aún seguía montada para los próximos conciertos que durarían varios días más, así como las numerosas sillas dispuestas para el público, pero en el lugar más elevado en el que me hallaba, aun siendo el mismo de hacía tan sólo unas horas, no supe o no pude encontrar el árbol de tronco fuerte y ancestral sobre el que me apoyé la noche anterior. ¡¡Y ella no estaba!! Por algún motivo poderoso aún no habría llegado, pensé y esperé…, esperé minutos…, horas. Esperé una eternidad o al menos eso me pareció en aquel trance, en aquella tensa y larga situación. Y aquella espera me causó dolor, un dolor físico insoportable como nunca imaginé que algo pudiese doler con tanta furia, como si el corazón se me partiera en mil pedazos y saltara hecho añicos fuera de mi pecho. Y entré en un desconsuelo tan poderoso que aún no sé si he sabido superar pasado ya tanto tiempo... Ella nunca llegaría a nuestro encuentro; pero, ¿por qué si ella fue quien lo propuso? Ya nunca podré olvidar aquellos ojos que aun sin el don de la visión, encerraban tanta luz derramada sobre el verde esmeralda de su bellísima apariencia. Sí, que curioso es el amor a veces; cuando supe que era ciega ya era tarde, ya me había enamorado locamente como si la conociese de tiempo atrás…, mucho tiempo atrás. Ciega o no qué más daba, yo sabría cuidarla, atenderla en todo cuanto necesitase, mi vida entera estaría supeditada a la suya. Siempre me tendría a su lado como un perro fiel. ¡Me había enamorado apasionadamente!

Cuando me convencí sobradamente de que ella ya no llegaría a nuestra cita, giré sobre mis talones. El cielo se había encapotado y amenazaba tormenta de verano, chaparrón súbito. Volvería al hotel, haría la maleta y me marcharía para siempre de Granada. Estaba decidido a no regresar nunca más. Al volverme, frente a mí estaba un hombre mayor, anciano, que me miraba con curiosidad. Era un guarda de los jardines.

-Señor, discúlpeme… - le dije nervioso - no habrá visto usted por aquí a una joven morena de ojos verdes y extrañamente vestida, tal vez de otra época… Llevo esperándola horas y no ha llegado a nuestra cita…

-Joven. – me dijo el anciano – creo que sé a quien se refiere aunque hace años no se había vuelto a rumorear nada sobre ella. Sí, ya va para algunos años. Ella es, o mejor dicho, fue Nausicaah de Granada. No la espere más, por lo que más quiera, no la espere más, o ella es un alma en pena o nada es que se pueda explicar con la razón. No llegará nunca aunque haya aquí quienes aseguren que el fantasma ha de aparecerse, necesariamente, una vez al año 

-¿Por qué no llegará nunca?, ¿por qué ha dicho fue?, ¿por qué un fantasma o algo que no es explicable desde la razón?... Yo le aseguro, le doy mi palabra de honor que anoche estuve aquí mismo con ella. La tuve tan cerca como de usted me hallo en este instante. ¿De mi mano bajó hasta la entrada a Granada! ¡La vi, la sentí…, la toqué levemente! – Grité y pregunté a un tiempo, triste y con los ojos húmedos por las lágrimas que empezaban a brotar espontáneas, en un sollozo continuo, pero también intrigado a la vez que temeroso.

Entonces aquel hombre empezó a contarme la historia que a continuación os referiré, tal cual me fue dicha, la creáis o no, me juzguéis cuerdo o, simplemente, loco de atar : “Poco antes de que la dinastía Omeya se extinguiera y con ello se estableciera el reino granadino de taifa, correrían los albores del siglo XI, un riquísimo comerciante árabe de la ciudad castigó con extrema crueldad a su hija, su única hija llamada Nausicaah al-Hamab. Ella había cometido el peor de los pecados para su estricta familia, enamorarse de un joven cristiano de Castilla que, ahora que me fijo, según cuenta la antigua leyenda que le narro, debía guardar gran parecido con usted, joven. Para que aquella pobre niña no pudiese volver a ver nunca más a su amado, el feroz padre la dejó ciega arrimándole a los ojos un hierro candente. Las cicatrices curaron y hasta desaparecieron, dicen, pero jamás recuperó la vista. Ella, desolada y temerosa, pobre niña, creyendo que el cristiano ya no podría amarla al tener que soportar su enorme desgracia, nunca volvió a reunirse con él. Nunca llegó, debido a los largos cuidados que hubieron de dispensársele hasta su recuperación, a la cita que el día anterior se habían jurado aquí, aquí mismo donde usted y yo nos encontramos ahora, a las doce de un mediodía que se presentaba prometedor y acabó siendo, estoy por asegurarlo, el más triste para la existencia de aquellos dos jóvenes amantes. Desde entonces se dice que en fecha tan señalada y en tan concreto lugar, a la vera de un árbol robusto y ancestral que ya no existe, una vez cada año, una mujer joven y preciosa, apenas dieciséis o diecisiete años, morena de ojos enormes color verde esmeralda, se aparece un instante como queriendo encontrar a su perdido amor, al joven cristiano al que nunca más pudo ver ni saber de su existencia”.

Tras escuchar aquella historia, con el corazón en un puño y los ojos inundados de lágrimas, recogí mis pocas pertenencias, una pequeña maleta con alguna ropa, una carpeta grande con papeles diversos, una guitarra amiga que me alegraba el camino…, y marché de Granada con la sola idea de no regresar nunca más. Pero debo confesar que no mucho más tarde cambié de idea al recordar unas palabras que jamás he olvidado de mi pobre y desafortunada Nausicaah de Granada: “Me verás mañana mismo si vuelves a éste lugar, mañana al mediodía…, todos los años bajo aquí por estas fechas para escuchar los conciertos…”. Y es por ello que cada año vuelvo a esta ciudad encantada, a este lugar misterioso, en igual día que en el que debió ocurrir nuestro segundo encuentro, esperando inútilmente, lo sé, encontrarla de nuevo. Esperando quizás un milagro imposible, y es que sigo enamorado sin remedio; ya enamorado para siempre de Nausicaah de Granada , mi bella niña árabe, morena, de ojos verdes color esmeralda…, ¡y ciega! Sí, ciega, ¿y qué?, si ya era tarde para mí, si ya me había enamorado de ella con una fuerza arrolladora y sobrehumana, infinitamente superior a mí mismo, superior a las mismas leyes de la vida y de la muerte que todo lo ordenan, que todo lo definen y dirigen.

Nausicaah de Granada , ¡oh Dios!, mientras me queden fuerzas en estas piernas ya algo cansadas y dolidas por el inmisericorde paso del tiempo, y el corazón me siga latiendo para darme el necesario aliento, yo volveré a nuestra cita eterna aunque tú faltes, mi amor, aunque faltes tú a ella. Acaso, Dios lo quiera, aunque tan sólo en sueños y por un instante que valdría toda una vida, ¡¡ Nausicaah de Granada , querida mía, yo pueda volver a verte!!

(Mayo de 2.007).



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