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AUTOR: Delirios |
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FECHA: 18-05-2007 |
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El adivino Estoy cansado, me duele la cabeza y parece que los párpados se me pegan aún en los ojos. Sentado en mi pupitre y frotándome la frente no elimino esta sensación de malestar que me ha dejado la indiferencia de Cristina al pasar a su lado. La he rozado para llamar su atención, para juguetear y me ha mirado con una cara que representaba mil injurias. No lo entiendo, no sé qué es lo que he hecho mal, otras veces enseguida me sigue el rollo. “¡Que llega el profe” – grita Alejandro. Vaya parece que están al caer 50 minutos de aburrimiento, y ya hay algunos payasos que corren a sus asientos como si no hubieran levantado su culo desde que entraran por la puerta. Aquí está, con una expresión que parece decir: “haced algo, que estoy deseando putearos”. Si la gente no se calma, tomará su libro como si fuera un inquisidor y pronunciará las páginas que formarán parte de nuestra obra de copistas hasta que suene el timbre liberador; entonces recogerá sus cosas y se irá la mar de contento. Ha habido suerte, la gente susurra o levanta las orejas para escuchar. Yo no estoy para aguantar chorradas y que me cuenten historias que no me van a servir de nada, a pesar de lo que digan en los sermones que nos escupen... si apenas tendrán una pizca de verdad. Que si nos van a explotar, que si no vamos a poder hacer lo que queremos, que nos estamos cerrando puertas.... Cuentos de terror de acampada, vamos. ¿Si no sabemos hacer análisis de frases nos va a costar encontrar trabajo? ¿Acaso nos van a preguntar qué hizo Alfonso VI para colocar ladrillos en una construcción? ¿Saber de electrones, protones, bolitas que danzan en la materia, nos va a servir para ascender en el curro? Hay miles de trabajos y en ninguno de ellos me van a pedir estas pantomimas que aquí quieren enseñarme. Anda, ahora el profe resopla y se pasa la mano por el cabello. Vamos, que se podrá quejar, ya lo dicen mis padres, que los profesores son los que mejor viven, con tan pocas horas de curro al día, con esas pedazo de vacaciones y luego van en plan lastimero. ¡Ostras, vaya bocinazo que ha pegado el menda! ¿Pero este tío qué se cree, que somos borregos? Fijo que la mujer le ha dejado a dos velas esta noche y viene a pagarlo con nosotros. ¡Qué se mate a pajas y que nos deje en paz! Parece que ha dado resultado, sólo se escucha a alguna mosca zumbando e incordiando. Ya se ha quedado satisfecho, ha demostrado su autoría que es lo único que le importa. Qué pardillitos, se han quedado helados. Puf, joder Cristina, qué buena que estás, si es que me muero por engancharte esas buenas tetas. Ahora le da por preguntar, con su cuadernito y su lapicerito para poner las crucecitas y las rayitas, positivos y negativos, menuda mariconada. Preguntara a los de delante, que son sus niños mimados, los que sabe que le van a responder bien; a mí como me considera la lacra de la sociedad, ni me mirará. ¿Ves? Ahí está, con el frente norte. Muy bien Pablito, ricura, te lo sabes todo muy bien, toma tu galletita. Pasa la bola y... aich, ahora está mirando aquí atrás. - ¿Qué tipo de esfuerzos hemos visto, Álvaro? ¿Cómo se producen? –dice el profesor con semblante severo. Claro, Álvaro, para qué preguntarme a mí si soy transparente. - Tracción, cuando tiramos de los extremos de un elemento hacia afuera.... – Álvaro mira hacia el techo, seguidamente al pupitre, cierra los ojos y simula un gran esfuerzo mental; finalmente, levanta la mirada mientras gira el bolígrafo de forma nerviosa – lo tengo en la punta de la lengua, pero no me sale. Joder, qué mal disimula este chaval. A ver..... si esto es lo del ejercicio que hicimos con pajitas en clase. Hacíamos pequeños cortes y luego veíamos qué les pasaba. Al tirar, se abrían: tracción. Al empujar los extremos, se juntaban: compresión. Al curvarlos, se juntaban por arriba y se abrían por abajo: flexión que produce tracción por arriba y compresión por abajo. Coño, si va a ser que me lo sé. - ¿Podrías completar la respuesta, Isaac? – pronuncia el profesor de forma inquisitiva. Esta vez no me pillas, toma parrafada. ¿Te ha jodido, eh? Si ni siquiera me has mirado cuando te he respondido. - Muy bien Isaac, sigue así – aprueba el profesor. Bueno, lo mismo si me miro un poco los apuntes me puedo quitar de encima a este trasto de hombre y al coñazo de su asignatura.
El enmascaradoLa mañana ya está adentrada y se nota. Tras tres horas lectivas hablando a pleno pulmón mi garganta empieza a resentirse. A ver si puedo dar con un curso formativo para adiestrar la voz y que no me pase lo del año anterior, que se me pusieron las amigdalas como sacos de boxeo y no podía emitir frase alguna. Los cambios de clase parecen una auténtica odisea si tienes un poco de responsabilidad. No puedo evitar desviar la mirada cuando dejo a mi lado algún aula donde oigo alboroto. Así me pasa, que me encuentro con escenas que pensé que se habían quedado en otras épocas: carreras de cuádrigas, lucha de gladiadores, rugidos de fieras, pillaje y complot para derrocar a algún profesor. Cuando me encuentro con estos conflictos que ponen a prueba los nervios, mi mente se desvía a la razón de ocupar el puesto que ocupo: la vocación. Si no tuviera tal armadura acabaría con un estrés considerable y con la templanza derretida. En el camino no puedo evitar evocar a mi chica, ayer tuvimos un malentendido que sigue el patrón habitual: palabras de barro lanzadas y tiempo fuera de reflexión que hoy terminará en un abrazo. Ese conocimiento en cierto modo me alegra, nuestros problemas son desmenuzados y no queda sitio para el resquemor. Ahí veo a Alejandro asomándose a la puerta como si estuviera en una atalaya; me ha visto acercarme y ya estará dando el toque de queda. Ahora toca apretar un poco los dientes y poner cara de malote para que estén prestos a tranquilizarse. A veces no sé qué es lo que más me cansa, si el trabajo en sí o el llevar continuamente esta máscara encima. Ya me gustaría poder estar más relajado en el aula y que me hicieran reír un poco, con lo saladetes que son estos chavales. Pero está comprobado, das la mano y enseguida los tienes en la chepa, se vuelven incontrolables. Entro en el ring y unos intentan disimular que llevan todo el rato sentados y otros no quieren hacer ese esfuerzo. Echo un rápido vistazo por encima, como si tuviera vista de águila, para localizar los pupitres rellenos tan sólo con éter y anotarlo en mi hoja de ausencias. Isaac tiene hoy más cara de desánimo que de costumbre. Ya en tierra tengo la impresión de que tengo delante de mí una marabunta; todos ocupan su lugar pero no paran de vibrar en sus asientos, de mostrar su cogote, de hablar sin guardar pudor en los herzios. Mis nervios son las cuerdas del ring y ahora estoy apoyado en ellas. El efímero pensamiento de que esta tarde tengo que empollar para estar más cerca de mi plaza y que además tengo que preparar las clases del día siguiente me empuja más contra ellas. Tengo que calmarme para dominar mejor la situación, respiro hondo, descargo mis pulmones e intento limpiarme de preocupaciones pasándome la mano por la cabeza para terminar anclada en mi cuello. Pido que se callen una, dos veces, tres.... ¡QUE OS CALLÉIS! De soslayo he visto que alguno ha dado un brinquito de la impresión, ¡qué gracioso! La sonrisa me la guardo para la hora de salida. En fin, ahora toca comprobar si van estudiando algo, que de otra forma dejan todo para el final y en el examen se dan el batacazo. Voy a empezar por alguien que sé que va a contestar bien para que los demás vayan calentando motores, por Pablo, por ejemplo. Como era de esperar, da en la diana. Ya que Pablo ha cortado un poco el aire de tensión que genera mi lápiz en una mano y mi cuaderno en otra, como si fueran espada y égida, voy a ver si puedo tirar un poco del resto. A Isaac le ví bastante despierto en las actividades de estudio de esfuerzos con las pajitas, es de las pocas veces que ha superado su propia desmotivación. Preguntaré primero a Álvaro que está a su lado para darle un poco de tiempo y facilitarle el recuerdo, así me servirá también para espabilar a Álvaro un poco, que estoy viendo que se me duerme en los laureles. Álvaro hace gala de sus mejores dotes de actor, me recuerda a mí cuando no sabía cómo salir de un atolladero y quería disimular lo mejor posible. Me guardo otra sonrisa para el fin de jornada. Ahora, como si fuera un científico encerrado en una acelerador de partículas en busca de una nueva partícula elemental, le paso el turno a Isaac. Hay un cierto deseo de que se pronuncie bien la respuesta como si fuera la llave de un sortilegio. Mantengo mi mirada en el cuaderno, no quiero distraerle. ¡Genial! Cuando termina noto la satisfacción que el científico sentiría en su nuevo hallazgo. Le felicito. Es probable que aún le quede algún interés por aprobar.
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