PERFECTO



AUTOR: Casiopea

FECHA: 26-06-2007

 

Mi plan es perfecto.

Juan ha llegado muy alegre. Lo he hecho bien: me he pasado dos días comiendo para que no sospechara. Me ha acariciado, me ha dado un beso, me ha hecho la cena y me ha dado de comer como si fuera un bebé. Es muy cariñoso. Es muy confiado. Se fía de mí y eso me excita sobremanera.

Después nos hemos ido a la cama y me he tumbado junto a él, pero no me he dormido. Él sí."Sería tan fácil ahora”, he pensado mientras le miraba, “pero quiero que me vea, quiero que sepa que he sido yo".

Recuerdo el primer día: observé a través de un cristal cómo se me acercaba directo, al tiempo que su aroma, como un heraldo intenso, me traspasaba la piel para no abandonarme nunca más. Tiene gracia: yo me enamoré de él por su fragancia, y él de mí porque juzgó que yo sería dócil.

Pocos segundos después de conocernos comenzó a llamarme por mi nombre y ya no pudimos separarnos. Lara: cada letra formaba parte de un imperativo invisible, un yugo umbilical que salía de su voz masculina y me tiraba desde el esternón, desde la pleura, desde allí adentro, muy dentro, profundo. Juan pronunciaba mi nombre y yo corría y él me abrazaba en su piel caliente y me besaba y yo era feliz.

Le veo dormir, con sus párpados grandes y su cara de niño y me parece mentira que halla asesinado a mis hijos.

La primera vez se llevó a mi recién nacido sin que yo me diera cuenta.

Aquella noche cocinó un suculento estofado de ternera empapada en sangre (yo no podía resistirme a sus guisos perfumados en hematíes). Mientras yo devoraba, embotado el olfato por la fragancia del plasma, se llevó a mi pequeño. Sólo alcancé a ver cómo mi criatura se alejaba, mientras percibía sus lamentos detrás de la luna trasera del coche. Corrí detrás del vehículo, hasta que mi cuerpo cedió y me quedé tendida en medio de la calzada.

Un vecino me recogió del suelo y me hizo entrar en casa. Yo estaba enloquecida. Intenté explicarle que Juan se había llevado al pequeño, pero no me salieron las palabras. Creo que me desmayé.

Cuando Juan regresó, me dijo que se lo había llevado a casa de su madre. Pero yo intuí que mentía y comencé a gritar como una bestia. Entonces me pegó. Agarró un palo de escoba y me golpeó con él hasta que se rompió en mi espalda. Me partió dos costillas y me reventó un ojo. Luego me llevó a la clínica y me cosieron los párpados para que los insectos no proliferaran en la cuenca vacía, para que no se infectara, pero fue inútil: un gusano poderoso había anidado en mí, muy adentro en mí, y pronto comencé a pudrirme. Se había deshecho de mi pequeño como si fuera escoria. Mi escoria. Y éso me dolió más que las heridas. Y me siguió doliendo. Todavía duele. Después me siguió pegando, y a mí me siguió doliendo, aún me duele el esternón, la pleura, y allá adentro, muy dentro, profundo.

Estuve dos semanas sin comer. Pero, como ya os he dicho, no puedo resistirme a un buen guiso sangriento: Juan volvió a cocinar para mí y yo resucité al olor del plasma.

Me quedé embarazada otra vez y de nuevo mis hijos no eran suyos, pero yo dejé que los criara como si lo fueran. Al principio el mundo era en color: Juan cocinaba para los cuatro (para él, para mí, para los gemelos), otra vez dábamos largos paseos por el campo, me abrazaba, me mimaba. Yo volví a creer que me quería, a mí y a nuestros hijos. Pero la putrefacción ya había anidado dentro, la vida volvió a fluir en escala de grises y me di cuenta de que Juan sólo estaba haciendo tiempo. Pero lo comprendí demasiado tarde y el tiempo se agotó para él.

Hace dos días me encerró en la cocina, echó la llave y, gritando de impotencia, vi como ahogaba a mis hijos en la piscina del jardín. Luego me hizo un guiso de carne. Y yo me lo comí. Y he seguido comiendo.

Le he mirado, me he bajado del lecho, he ido a la cocina, he cogido el machete, he vuelto a la alcoba y me he subido a la cama para tener un buen ángulo. Juan ha abierto los ojos el tiempo justo para saber que era yo, que lo hacía con sus armas, no con las mías. Entonces le he hundido el cuchillo en la garganta hasta el mango. Después, un giro preciso y la tráquea se ha roto con un ligero chasquido. Juan se ha asfixiado en su propia sangre mientras yo me la bebía (ya os he dicho que no me puedo resistir al perfume del plasma caliente).

Después he comenzado a gritar para despertar a los vecinos.

El juez ha dictaminado un allanamiento de morada:

- Probablemente entraron a robar, pero la víctima se enfrentó a ellos. No hay que hacerse el valiente.

La verdad es tan evidente que nadie se la ha podido imaginar.

- No parece faltar nada, no hay más signos de violencia- apostilló uno de los agentes judiciales.

- Ella debió ahuyentarles - agregó el vecino - Lara es una fiel guardiana de su casa - Yo gemí un poco alrededor de Juan - Si nadie se va a hacer cargo de ella, a mí no me importaría cuidarla. Es un excelente ejemplar de pastor alemán, debe ser buena para la crianza.

Un plan perfecto, ya lo dije.

 

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