FULANA DE TAL



AUTOR: Angelcaído

FECHA: 31-05-2007

 

El vagón de metro era una cazuela y nosotros conformábamos un asado haciéndose a ritmo rápido con cada traqueteo, con cada estación. Todos sudábamos un aceite jugoso y empapábamos camisetas, camisas, vestidos, pantalones y barras de metal a las que nos asíamos. En la siguiente parada, cuando ya no cabía más gente en aquel espacio superpoblado, subió otra multitud, otra muchedumbre, otra ciudad, o al menos eso es lo que me pareció, y llegamos a estar realmente apretados, juntos, resbaladizos, untuosos los unos contra los otros, los unos y las otras. Me lapé a la puerta del fondo mientras aprovechaba mi estatura para conseguir un poco del preciado aire, un oxígeno visible, escaso, pesadísimo, y entonces comencé a notar el contacto especial que producía en mi cuerpo la señorita que tenía delante, aunque más bien diría en mí, puesto que ella ocupaba el sitio supuestamente dedicado a este cerebro, a este pecho y a estas manos que ahora escriben.

Obviamente, todos íbamos en igual condición, éramos eslabones de una cadena soldada por los alientos, y no tenía razón de ser el pensar que la chica albergara ninguna pretensión hacia mí; sin embargo, sus glúteos golpeaban periódicos y contundentes mi zona más perceptiva y acalorada, su delgadísima tela se adhería a mis vaqueros en un afán agónico por tener alguna referencia en aquella locura de concupiscencia anónima y sin palabras. Supongo que mi estación se pasó mucho antes de que ella abriera las piernas y se apretara aún más a mí, de forma imperceptible para los demás pero con escandalosa lascivia para mí, y fue en ese momento cuando dejé mi mano derecha hasta rozar con la palma su cadera, primero como por casualidad, pero después arriesgado y valiente, y fui moldeando los dedos y el interior de la mano, sudada y gladiadora, según la forma sinuosa que se escondía bajo la cortina blanca que era su vestido. A medida que el vagón se vaciaba, su espalda hacía más fuerza contra mi pecho, de modo que el vaivén de los vagones provocaban que su pelo, moreno y recogido en una coleta, se balanceara rozándome el cuello, como un péndulo de relojería que iba marcando la intensidad de mi excitación y de mis latidos sonoros, ésos que ella sentía, sin duda alguna, en aquella piel desnuda que el vestido abría en su espalda. La agarré ya abiertamente e hice ademán de atraerla más a mí, pero eso era imposible porque ella y yo éramos ya el mismo cuerpo, nos mecíamos al unísono en cada curva, y los músculos de mi brazo, aferrados a la barra de acero, metáfora de mí mismo, seguían la misma dirección que sus nalgas contra mis muslos.

El metro se detuvo. Alcé mi mirada y comprobé aturdido que éramos los únicos que quedábamos en aquel vagón desolado y maloliente. Sin duda, el tren había llegado al fin de su trayecto y nos habíamos quedado desahuciados en la cueva oscura en la que los trenes van a dormir, porque los trenes son elefantes de hierro que emigran definitivamente a su cementerio particular. Ya sin necesidad de sujetarme, llevé la mano izquierda a su vestido y lo fui subiendo, como un telón que se alza, para descubrir un hermosísimo, caliente y desbragado cuerpo. Ella se inclinó hacia adelante y yo abrí mi cremallera dispuesto a sustituir con briosos golpes de pubis el motor del tren detenido. Sudada, sin rostro y tremendamente lubricada, ella me acogió en su interior mientras que mis pulgares sujetaban el vestido blanco hecho una arrugada masa sobre el final de su espalda. Comenzamos a gemir, yo sonoro y prehistórico, con voz de patriarca bíblico, y ella sutil, desgarrada gata en celo, gata de tela blanca y rostro oculto. Nuestras voces se alzaban libres en aquel túnel infecto, sin importarles que de pronto nos quedáramos a oscuras. Mi brío profanó el templo de mi contraria, abierto a mí, y yo yendo y viniendo sin pudor a lo largo de aquel hogar recién fundado. Sí, comenzamos a gritar, gritamos con todas nuestras fuerzas, y nuestras gargantas dieron forma a lo que llegó a ser un gañido de apareamiento, a lo que se transformó en un quejido animal, a lo que terminó siendo el estridente chillido de mi despertador.

 

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