LA CIUDAD DE LAS PALOMAS
1 Sep 2009, por Koenig Viajes 18 Comentarios | 1,717 views
La ciudad de las Palomas es una inmensa isla de piedra y tierra, cercada en su perímetro por el agua salada y dulce de los ríos Hudson, Harlem y del Este; y vigilada en su centro por un gran parque rectangular, que recuerda las marcas que deja en la moqueta una mesa demasiado pesada.
En la ciudad de las palomas la gente habla de todos los colores, viste con todos los sonidos, suena con todo tipo de sabores, y tiene tantos sabores como colores tiene nuestra única raza humana.
En ella se alzan, como dedos de hormigón y metal, los inmensos rascacielos que buscan del cielo. Llenos del orgullo y desafío de quienes han conocido la caída y no se han achantado ni han dejado de seguir creciendo.
A la ciudad llegaban, en tiempos, los hombres por mar. Su primera visión era la alta dama de la antorcha, la mujer más conocida de la urbe. La segunda era la preocupante isla de Ellis, donde, a veces, eran rechazados y mandados de vuelta a su lugar de origen. Hoy Ellis son los aeropuertos, donde un agente parecido al príncipe de Bel-Air, pero sin sonrisa ni gracia, chequea, analiza, digitaliza y controla a los recién llegados, haciéndoles sufrir la aprensión y la duda que sólo pueden proporcionar quienes no necesitan nada a quienes quieren algo.
En medio de la bahía la alta dama pública, la más conocida de la ciudad, sigue simbolizando la libertad, alzada sobre un pedestal estrellado tan alto como ella. Por eso decepciona un poco, no es tan alta ni tan grande, sino que es el pedestal lo que hace que lo parezca. -¿Cómo la libertad?- Pero hay que ir a verla. Visitar la ciudad de las palomas sin acercarse a la dama es como acostarse con perros y levantarse sin pulgas. No tiene gracia. Así que allá van los viajeros. Algunos escogen pagar el ferry que los llevará a la isla. Su desgracia serán unos cuantos dólares, su suerte, pisar el lugar. Otros toman el inmenso transbordador naranja de Staten Island. No se pisa la isla sino que se pasa por delante, marea un poco. Pero no cuesta dolores.
Ambos parten, el remunerado del centro y el gratuito de un extremo, del Battery Park, la franja verde del sur de la gran urbe, donde un fuerte circular guardaba a principios del siglo diecinueve la entrada a los puertos; y donde, a veces, los preocupados policías y los ceñudos vigilantes guardan hoy con recelo una nevera portátil abandonada. El fuerte hoy decepciona, pues es sólo un centro de visitantes. La nevera, por suerte, también decepciona. No contiene nada.
El parque no está libre de curiosidades, como aquellas nueve baldosas que tocan música cuando los transeúntes las pisan, o los memoriales a los muertos del pasado y del presente. El más sobrecogedor es el más reciente –como siempre-. Una esfera de metal rajada y abollada ante la que arde una llama eterna. Una esfera que se alzaba antes entre dos torres, hasta que la estupidez y el fanatismo las derrumbaron sobre ella. El parque es también un escenario para cómicos-saltimbanquis y mimos-estatua-sacacuartos.
Wall Street no está lejos. Es una calle chiquitita chiquitita, que no tiene ni por asomo el tamaño de su importancia, sino que es una de esas ante las que podría pasar uno en apenas unas zancadas, sin reparar en ella, cosa que estuvo a punto de suceder.
Mas allá está el Ayuntamiento de la Ciudad de las Palomas, un edificio bajo en cuyas escalinatas, ordenadamente dispuestos en hileras por escalón, están los manifestantes -a saber porqué toca hoy-, que pacíficamente vigilados por los policías de guardia, escuchan y aplauden las declamaciones de sus líderes. No son muchos, lo cual puede llevar a pensar que tal vez tengan razón.
Y junto al Ayuntamiento, sobre una ancha acera, hay un artista de esos que trabajan con aerosoles y paletas –uno de tantos-. Siempre pinta la misma panorámica de la ciudad, el famoso «skyline», aunque con diferentes colores, a cambio de un billete de veinte. Trabaja con empeño, con ese tipo de estilo que consiste en secos y amplios gestos de artista concentrado y consagrado; y se enfada cuando le aplauden, pues los aplausos ni se comen ni se beben, ni llenan un sombrero.
Delante del pintor arranca el viejo puente de Brooklyn, el primero en saltar desde la isla, el más largo puente suspendido de su época, cuyos cables de acero fueron novedad constructiva para convertirse hoy en curiosidad turística. Tiene dos altas torres de ladrillo, que animan sus casi dos kilómetros de largo. Tiene un agradable paseo de tablazón en su centro, por encima de donde corren los vehículos de motor, con el carril de ida para peatones, y el de vuelta para ciclistas. Tiene también el honor de ser un monumento a la dificultad, por lo complejo de su construcción; a los presupuestos, porque costó mucho más de lo previsto; y a la rapidez, pues sólo dos años pasaron desde su inauguración hasta que alguien saltó por el parapeto para estrellarse en el río. Es un monumento hermoso, que tiene algo de señorial, como el resto de la ciudad.
Porque cada calle y cada edificio tiene algo propio. En algunos es el cristal, el hierro y el hormigón, lanzándose hacia el infinito como modernas torres de babel, en las que se hablan decenas de idiomas. En otras son los neones estridentes, cubriendo cada palmo vertical, vendiendo, anunciando o simplemente señalando cada producto, espectáculo o detalle. En otros mas se trata de cierta belleza antigua, con un poquitín de decadencia en sus fachadas adornadas.
Es Canal Street quien parte en dos la parte de abajo de la ciudad, el sur, el Downtown, como lo llaman. Es la calle abigarrada y llena de gente que cruza la ciudad china, la italiana, la coreana, y que no anda lejos de lugares con nombres tan insólitos y conocidos como Soho y Noho, o Nolita. Son estos barrios de casas mas bajas, que no bajas del todo, con una pátina de antigüedad, con sus molduras y sus cenefas, con sus decoraciones de piedra sobre el ladrillo, y con sus escaleras que llevan al visitante, si no al primer piso, seguramente a la entreplanta. Pero sobre todo son casas con el rostro marcado por las cicatrices en zigzag que son las escaleras de incendios, marcas que son, como aquel parche de ojo de la bellísima duquesa de Pastrana, un símbolo de cierta belleza exótica mas que un afeamiento corporal. Como un piercing muy anterior al piercing, si se quiere decir más modernamente.
En este periplo se cruza varias veces la calle ancha: la más larga, la más famosa y la más desconocida. Nace en el extremo sur (perdón, Downtown) de la isla, y asciende hacia el norte (que será Uptown). Se atreve a cruzar la isla. ¡En oblicuo! -cosa que parece absolutamente prohibida en una urbe cuyas calles se cruzan, mayoritariamente, en perpendicular-. Corta Wall, Canal, Times y pasa por delante de los teatros y los musicales que la han hecho famosa, sigue hasta Columbus y luego continúa ascendiendo al oeste del parque hacia Morningside, desde donde sigue para saltar sobre el río Harlem, internándose temerosa en el Bronx y Yonkers; y marchándose mas allá, a lugares de los que no hablaremos porque hace un rato ya que la calle ha salido de la Ciudad de las Palomas.
Volvamos entonces. Al otro lado de Broadway se extiende un barrio de casas bajas que llega hasta el río Hudson. Es un barrio con nombre de meridiano que fue meridiano en el mundo cultural de la ciudad. Allí nació mujercitas, allí vivieron Isadora Duncan o William Faulkner. Aquel barrio fue proclamado una vez, desde lo alto del Washington Arch, «República Independiente de Greenwich Village» por Marcel Duchamp. Hoy la población del barrio ya no es bohemia, sino de clase media alta, como los amigos de «friends», pero en sus innumerables bistros y salas de concierto aún suenan los recuerdos de Dylan, Streisand, Baez o Simon y Garfunkel.
Desde el tenue recuerdo de aquellas notas, el periplo lleva, tras pasar por la Universidad de la Ciudad de las Palomas, a ascender de nuevo por Broadway en busca de librerías: Shakespeare & Co, dos plantas dedicadas a la cultura -¡Mucho cuidado con no pisar al gato negro! Es de verdad-; Strand Books, cuatro plantas de libros de segunda mano a un precio que hará estremecerse a los empleados de «handling» del aeropuerto, un lugar del que el aficionado a los libros terminará por tener que echarse a patadas; Barnes & Noble, como la Fnac , aunque mas grande y mucho mas ubicua. El paseo acaba en el Flatiron. Otro edificio curioso, delgado, muy delgado, tanto que los escépticos dijeron, cuando se construyó, que caería al primer soplo de viento. Que cosas. Un buen sitio para parar a comer.
Comer, uno de los placeres del turismo. Pocas cosas me resultan más llamativas que aquel que se empeña en comer tortilla de patatas en el centro de Tanzania, en vez de comida local. Sin embargo todos los modos de comer son locales y pueden encontrarse en la gran manzana. Del este y del oeste de Eurasia; del centro de África; y del norte y del sur de América. Todas las cocinas listas para ser degustados «in situ» o «to go», y a precios de lo mas apetitoso. No es la única ventaja. ¡Que gusto que nada mas sentarse le sirvan a uno un vaso de agua fresquita sin tener que pelear por una jarra en vez de una botella! ¡Que sabroso que el chino te enseñe a comer ese dim-sun lleno de caldo con cuchara! ¡Que maravilla de comida hindú, en sus cazuelitas de cobre, se puede degustar! ¡Que servicio más atento! –Tal vez porque vive de la satisfacción del cliente- ¡Que descanso poder comer fuera! Y no me refiero a fuera de casa, me refiero a fuera del restaurante, al sol, en un parque.
La ciudad de las Palomas es verde, punteada de parques donde las mesas y las sillas son para todos, no propiedad de locales donde los camareros, cual cancerberos, prohíben el paso de comida y bebida que no haya sido adquirida en el establecimiento en el que sirven. Allí entre árboles considerables, junto al césped, frente a un estanque, al sol que corre por las calles o bajo la sombra de los inmensos rascacielos, puede uno sentarse a comer tranquilamente. Las palomas se encargarán de los trocitos que caigan al suelo, trepando para alcanzarlos, si es necesario, sobre los pies de los comensales. Creo recordar que fue cuando aquello me sucedió, en Bryant Park, cuando decidí escribir sobre la Ciudad de las Palomas.
Una sola calle de la urbe lleva de los intentos de paz a una máquina de guerra. La unión y la discordia se miran a lo largo de la calle 46. Al este, Naciones Unidas, que sigue en su empeño de ser el primer paso hacia la paz mundial. Al oeste el portaaviones USS Intrepid, que vio buena parte de las guerras de medio siglo veinte. Ambos merecen una visita, aunque sea por mera curiosidad.
Y hablando de curiosidades, también llama la atención la distribución viaria. Como sucede con la 46ª, este y oeste son las dos orientaciones que definen las calles de la ciudad. De norte a sur se definen las avenidas. Todo el entramado de la isla está cuadriculado, salvando el extremo sur, más antiguo, que conserva sus trazados tradicionales. En el resto, la rejilla se compone de nombres fáciles de recordar. De la 1ª a la 218ª son las calles. De la 1ª a la 12ª, las avenidas. Cuando uno sabe a donde va, sólo le falta contar mientras camina.
Aunque también se puede ir en metro. El metro en la Ciudad de las Palomas es travieso y juega al escondite con sus usuarios. Sólo tiene dos direcciones: Uptown (norte) y Downtown (sur), parece sencillo. Por otro lado no todos los trenes paran en todas las estaciones, algunos son «Express», otros «local», así que la cosa se complica un poco. Pero no acaba ahí la cosa. Algunas bocas de metro sólo sirven para ir uptown, y otras para ir downtown, sin conexión entre ambas. Así que el viajero poco avispado se arriesga a perderse bajo tierra, en busca de su destino. Nada que no se resuelva saliendo, y volviendo a entrar por otro sitio, pagando otro billete, claro.
Tras haber llegado, ascendiendo por Broadway, hasta los neones de Times Square, tras haberse visto uno obnubilado por una tienda que solo vende m&m´s y por otra que tiene una noria dentro, tras haber descansado en las escalinatas rojas o en cualquiera de las sillas puestas en la calle en días festivos, se llega a una de las avenidas, pongamos la 5ª.
Es la calle que asalta sentidos con cientos de marcas de lujo y miles de transeúntes obnubilados por el oropel que los rodea. Satura. Pero no es sólo eso. Como cada rincón de la urbe, tiene sus rincones.
La Ciudad de las Palomas es demasiado joven para tener una catedral gótica, pero no le importa, la tiene en estilo neogótico que da el pego, y es hermosa. Sus puertas se abren bajo arcos ojivales, dando acceso a naves de piedra separadas por pilares de los que nacen nervaduras que se entrecruzan en las altas bóvedas. Bajo ellas el umbroso frescor de las capillas laterales llama al visitante a reflexionar, iluminado por la luz multicolor de vidrieras y rosetones. Fuera destacan las torres puntiagudas y afiladas, escoltadas por hileras de pináculos que descienden hacia el suelo convertidos en contrafuertes Con todo esto, hay una diferencia importante. Sus campanarios no dan sombra a las casas que se arraciman alrededor, sino que son eclipsados por los altísimos edificios que la rodean.
Desde ellos, edificios como el Rockefeller Center, Empire State o Chrisler Building, la vista sólo se acaba en el horizonte, si no hay nubes, o en el agrisado casco de contaminación que cubre todas las ciudades modernas. Por lo visto ascender allá arriba es ya toda una experiencia, por varios ascensores que ascienden vertiginosos decenas de plantas. Tal vez en otra ocasión.
La 5ª avenida llega hasta el inmenso rectángulo verde de Central Park. En los planos es un lugar pequeño. Con el pie puesto sobre el césped, es inmenso. Lo suficiente para perderse en él. Cosa que, por cierto, merece totalmente la pena. En él el paisaje es diverso, incluyendo desde los salvajes bosques del norte, en torno al “mar” de Harlem, donde los niños pueden practicar la pesca sin muerte, hasta el lago donde navegan las barcas, ese que cruza el puente más romántico de todas las comedias de Hollywood. Recorriéndolo puede uno encontrarse con un encajonado arroyuelo, un estanque de las tortugas y un inmenso depósito, un teatro shakespeariano y múltiples campos de béisbol, un parque de atracciones o un zoo. Pero tal vez el lugar más insólito sea el castillo de Belvedere, que se alza sobre su roca imponente. En lo más alto está la estación meteorológica de la ciudad. Una vez conocido esto, al mirar la predicción del tiempo para el día siguiente, ya es imposible olvidar el lugar donde se obtuvo. Una torre al estilo de los castillos de Luis el Loco de Baviera. No es la única.
Una de las visiones más espectaculares que pueden verse desde lo alto del Belvedere son los palacios de antiguo estilo que, emplazados en lo alto de los modernos edificios de hierro y metal, lo rodean como una señorial corona de piedra y glamour, llena de largos tejados inclinados, recargadas torrecillas y abuhardillados ventanales. Es una vista que hubiera alegrado la vista del ya mentado rey bávaro.
En Central Park, con suerte, puede uno experimentar lo que son las tormentas en la Ciudad de las Palomas. Un desarrollo fulminante, unas gotas que fustigan la tierra y el lago con la violencia de meteoritos enloquecidos. Las barcas, llenas de preocupados navegantes, vuelven al embarcadero a toda velocidad. Lástima de paseo romántico el de la pareja que iba a bordo de la góndola. Húmeda aventura la de las dos jovencitas que trataron de llegar al embarcadero manejando cada una un remo, sin coordinación, haciendo girar la barca, tratando de hacerla avanzar de popa mientras se hundía cada vez mas a causa del agua de lluvia que se iba acumulando en su interior mientras no progresaba, sólo se movía descontrolada, en todas las direcciones dibujadas en la rosa de los vientos. Cuando llegaron, por fin y por milagro, todos los que llevaban ya más de media hora a resguardo aplaudieron. ¿Por qué no? Fue una entretenida anécdota con final feliz.
En la inmensa ciudad no toda la belleza está en la calle, sino que se distribuye igualmente en multitud de museos. Equilibrados e inmensos contenedores de hermosura, erudición y maravillas, la ciudad esta llena de ellos. El Guggenheim, el de Ciencias Naturales, el Metropolitan, el de los Nativos Americanos, el de Arte Moderno… y muchos otros. No conocí más que uno. El Metropolitan Museum of Art, un inmenso museo arqueológico lleno de todo tipo de obras que recorren la historia de la humanidad desde sus primeros albores hasta hace no demasiado, comparativamente.
También contiene belleza la Colección Frick. Un museo que no es un museo, y que tampoco quiere serlo.
Quien pasee por la calle 70 este, un poquito mas allá de la 5ª avenida, se encontrara con una elegante casa de estilo neoclásico, de piedra bien escuadrada y elegantes líneas rectas. Se trata de la mansión que fue de Henry Clay Frick, un magnate del carbón y del acero que reunió una colección de obras de arte. Comparativamente no es la más grande. Ni tal vez contenga las mejores obras de pintores como Turner, Fragonard, Hans Holbein el joven, El Greco o Van Dyck, entre muchos otros. El atractivo de la colección Frick es que puede disfrutarse recorriendo la casa tal y como, en vida de su propietario, estaba amueblada y decorada. La visita de la colección es un viaje al pasado.
La Ciudad de las Palomas no sólo tiene Central Park. También tiene Washington, Morningside, Madison, Union, Tompkins, Bryant y muchos otros más pequeños y recoletos. Todos ellos son como perlas de una corona. Pero la ciudad tiene otra corona, que la rodea tanto como los ríos y el mar. Una corona de pobreza, mezcla de desesperación y de ilusión, una corona donde el ladrillo sustituye a la piedra, el rojizo al albo, una corona que se llama Harlem, Bronx, Brooklyn o Queens. Una corona que, por suerte, retrocede poco a poco. Los barrios antaño temibles son ahora más pacíficos, aunque tampoco es cuestión de tentar la suerte.
El periplo no se acaba sin visitar la última protuberancia de la inmensa metrópoli. Escenario de películas, es una mezcla extraña de Benidorm y la Manga del Mar Menor. Se trata nada menos que de Coney Island, una galería de los horrores donde los horrores están tanto dentro como fuera de las galerías. Una mezcla de playa y parque de atracciones, un lugar del que Terry Pratchett, sin duda, sacaría una novela, yo tan sólo saqué la impresión de que me había montado en un ciclón.
Esta fue, a vuelapluma, la ciudad que viví. Un lugar que merece la pena visitar, pasear gastando suela. La verdad, en general no me gustan las ciudades. Ahora, si no fuera por París, no me importaría ser paloma.
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1 Septiembre 2009 a las 2:10 pm
Qué pedazo de artículo, amigo Koenig, tanto en extensión como en contenido. Qué manera de comenzar septiembre. Me han dicho que en Nueva York todo es grande; imagino que se te ha pegado.
Menos mal que es a vuelapluma.
Me alegro infinito de leerte en LR. Un abrazo.
1 Septiembre 2009 a las 4:19 pm
Que gran visita, que gran artículo. No sólo nos cuentas la ciudad, también se nota lo que sentiste andando por ella. Gracias por compartirlo, Koenig.
1 Septiembre 2009 a las 6:59 pm
A mi es la ciudad que mas me ha impresionado hasta el momento, es de los destinos que mas merece un esfuerzo.
Gran articulo en todos los sentidos, que recuerdos… felicidades.
2 Septiembre 2009 a las 12:46 am
Pues vamos a estrenar los comentarios en LR.
Felicidades, Koenig, por el estreno y por el artículo, del cual te estaré eternamente agradecido. Teniendo en cuenta que no puedo con los aviones cuando la parienta me diga de ir a Nueva York le enseñaré el artículo y listo. Leerlo ha sido como vivirlo y con las fotos como verlo, así pues una pasta que nos ahorramos será otro de los argumentos.
2 Septiembre 2009 a las 12:30 pm
Uppsss… Acabo de votar un "uno" al artículo sin querer. ¡Lo confieso, he sido yo! Pero por error, porque me parece un viaje sobresaliente el tuyo, Koenig. Dan ganas de vivir lo que tú has vivido en esa ciudad.
15 Septiembre 2009 a las 2:37 pm
Cieeelos, galo! ¡Menudo articulito! Menudo viaje y qué manera de hacernos vivir como si estuviéramos allí; me ha emocionado recordar mi último viaje a NYC. Es que me parecía que íbamos por los mismos sitios, nos deteníamos en las mismas plazas (¡qué maravillosa, que rinconcito de paz, la plaza Bryant, con sus palomas y su busto de Gertrude Stein), que maravillosa quietud en la inmensa Biblioteca Pública, que está al lado, qué impresión al ver a la Dama de la Antorcha, surgiendo de las aguas propiamente, qué sensación la de perderse por Central Park y descubrir en un claro el skyline recortándose en el cielo.
15 Septiembre 2009 a las 2:38 pm
Y yo sí que subí al Empire, y por supuesto a las Torres Gemelas antes de su destrucción. Y el Gran Vacío dejado por ellas me impresionó muchísimo, la última vez que fui. También es importante cruzar Harlem y ver lo que aún queda por aquellas calles, con ecos de la trompeta de Dizzy Gillespie y de Charlie Parker…Yo también viví una tormenta descomunal una tarde que me acercaba al Metropolitan, y todos nos refugiamos en sus puertas, a la espera de que escampara. Visité probablemente más museos que tú, pero bueno, lo mío es vicio. Supongo que viste el Dakota, donde se rodó La semilla del Diablo, y donde vivió Lennon. Lo que yo no visité, mira por donde, fue la playa de Coney Island. Y aunque subí en todos los autobuses, no me atreví a entrar al metro. Preferí andar.
Bueno, Galo, me has hecho revivir unos días deliciosos en un rato de lectura; te lo agradezco de todo corazón, y guardaré tu artículo para releerlo de vez en cuando.
Un abrazo,
15 Septiembre 2009 a las 2:38 pm
Como me decia una ventanita que era un comentario muy largo, lo he dividido en dos…
16 Septiembre 2009 a las 5:54 pm
Qué extraordinario artículo, de verdad. Enhorabuena al autor no por escribirlo, sino por vivirlo.
17 Septiembre 2009 a las 11:00 am
Empecemos por el principio.
Buenos días.
Y siguiendo por donde procede quiero agradecer todos los comentarios hechos sobre el texto, incluso el “uno” de Logopita, que sirve para recordar al autor que es mortal. Que le conozco y tiene tendencia a ascenderse el ego mas allá de lo razonable.
Y aprovechando que estoy aquí, aprovecho para darme un tirón de orejas (aaargggh), porque hace tiempo que quería (debía) intervenir en este hilo -por aquello de agradecer y por aquello de hacer acto de presencia-. Debo reconocer que me hice el funcionario, ya sabéis, eso de mañana pienso algo y lo pongo, mañana; y se me fue pasando hasta que ayer Ariodante tuvo a bien recordar este texto en hislibris, y mis mejillas se sonrosaron un tanto mas de lo habitual, y me acordé de que quería (y tenía) que intervenir en este hilo y me dije; “mañana sin falta”.
Pero esta vez he cumplido, lo cual demuestra que no siempre es malo dejar las cosas para mañana.
En fin, que como no quiero enrollarme mas, voy a reiterarme: gracias por los comentarios, y me alegro de que os haya gustado.
Saludos.
Koenig.
18 Septiembre 2009 a las 1:54 am
Koenig, realmente estabas rompiendo las reglas del decoro y la cortesía ¿esto no es denunciable? ¿abandono? Ya pensaba que estabas preparando oposición a Juez.
Asia, tu tampoco te libras. ¿Por qué esa indifirencia? aún estoy esperando respuesta al comentario que puse en tu artículo de mitología, el cuál a día de hoy SOLO yo he comentado.
18 Septiembre 2009 a las 10:57 am
Totalmente las estaba rompiendo, y por suerte no es denunciable como abandono. Pero no te preocupes que yo invito a las cervezas de todos modos.
Saaaludos.
19 Septiembre 2009 a las 11:58 am
Mi buen Zen, estaba esperando tristemente algún otro comentario, snif, snif…
19 Septiembre 2009 a las 1:24 pm
Koenig, paga la próxima chicos. Que nadie se olvide. Saludos pati también.
Asia, te entiendo. La gente cada vez es menos sensible. Con lo bonita que es la mitología y lo bien que nos cuentas los mitos. En fin.
Koenig, ¿el trato a Asia es denunciable?
20 Septiembre 2009 a las 11:09 am
Mi estimado Zen, si quieres te doy cita para una asesoría y lo hablamos.
(Es que me he comprometido a pagar unas cervezas y de algún sitio tengo que sacar la pasta).
21 Septiembre 2009 a las 12:23 am
Bueeenooo, que nos quedamos sin cervezas. Yo ahora solo puedo acudir a abogados de oficio ¿estás en algún turno?
3 Octubre 2009 a las 8:05 pm
Una pregunta…¿cómo sabemos que hay una entrada en cada artículo?Porque yo no he recibido ningún aviso de éste. Y eso implica que has e acordarte de entrar en todos aquellos artículos donde has puesto un comentario; y yo tengo una memoria penosa, sobre todo si me meto en tropecientos comentarios atropecientos artículos, que es justo lo que suelo hacer. Asi que comprendo que a Koenig se le haya pasado por alto, si no ha recibido avisos en su correo. Tal es mi caso. ¿hay que darle a algun botoncito en especial? ¿o cómo funciona la cosa, chatis?
4 Octubre 2009 a las 8:34 pm
Ario, al entrar en la Revelación en el lateral derecho tienes una pestaña con la opción de “Últimos comentarios”, justo debajo de los banners publicitarios, donde poder verlos o incluso sin necesidad de pinchar en ningún sitio, justo debajo tienes el listado de “ÚLTIMOS COMENTARIOS”.
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